—Si nos arreglamos, yo quisiera poner otro nombre en mi pasaporte. Ya he usado bastante el mío, no me ha traído más que desgracia, y quisiera dejarlo en Francia junto con mis vestidos viejos.

—Tiene usted razón. Eso es lo que se llama cambiar de piel. Ya hablaré de usted a la señora y si se arregla todo, le escribiré.

Le Tas volvió la misma noche a París. Mantoux, llamado Poca Suerte, creyó haber hallado un hada bienhechora bajo la envoltura de un elefante. Los sueños más dorados fueron a sentarse a su cabecera. Soñó que era a la vez rico y honrado y que la Academia francesa le concedía un premio a la virtud de cincuenta mil francos de renta. El lunes por la tarde recibió una carta, levantó su destierro y se presentó el martes por la mañana en casa de la señora Chermidy. Se había cortado la barba y los cabellos, pero le Tas se guardó bien de preguntarle por qué.

El esplendor de la casa lo deslumbró; la dignidad severa de la señora Chermidy le impuso el mayor respeto. La hermosa bribona había adoptado una cara de procurador imperial. Lo hizo comparecer ante ella y lo interrogó sobre su pasado como mujer que no se equivoca. El mintió como un prospecto y ella hizo ver que lo creía en absoluto. Cuando le hubo dado todos los informes deseables, le dijo:

—Bueno, muchacho, la plaza que le voy a dar a usted es de confianza. Uno de mis amigos, el señor de La Tour de Embleuse, busca un doméstico para su hija que se halla moribunda en el extranjero. Tendrá muy buen sueldo y 1.200 francos de renta vitalicia cuando la enferma muera. Está desahuciada por todos los médicos. El sueldo le será pagado por la familia; en cuanto a la renta, le respondo yo. Pórtese usted como un buen servidor y espere pacientemente el fin: no perderá nada con esperar.

Mantoux juró por el Dios de sus padres que cuidaría a la joven dama como una hermana de la caridad y que la obligaría a vivir cien años.

—Está bien—respondió la señora Chermidy—; usted nos servirá a la mesa esta noche y le presentaré al señor duque de La Tour de Embleuse. Muéstrese a él tal como es usted y yo le respondo que le admitirá.

«Ocurra lo que ocurra, añadió para sí misma, ese bribón verá en mí a una inocente y no a su cómplice.»

Mantoux sirvió a la mesa, no sin haber tomado una buena lección de su protectora le Tas. Los invitados eran cuatro: había otros tantos criados para cambiar los platos, y el cerrajero no tenía más que mirar lo que hacían los otros. La señora Chermidy se había propuesto darle una lección de toxicología. No juzgaba inútil enseñarle el empleo de los venenos, y había elegido, en consecuencia, a los convidados. Estos eran un magistrado, un profesor de medicina legal y el señor de La Tour de Embleuse.

Aparentando indiferencia hizo recaer la conversación sobre el capítulo de los venenos. Los hombres que profesan esta materia delicada, son generalmente avaros de su ciencia, pero algunas veces, en la mesa, se olvidan. Tal secreto que se guarda cuidadosamente al público, puede contarse confidencialmente cuando se tiene por auditorio a un magistrado, a un gran señor y a una linda dama cinco o seis veces millonaria. Con los criados no se cuenta: está convenido que no tienen oídos.