Desgraciadamente para la señora Chermidy, los venenos llegaron antes que el Champaña. El doctor se mostró prudente, bromeó mucho y no cometió la menor imprudencia. Se recreó en las curiosidades arqueológicas, aseguró que la ciencia de los venenos no había progresado, que habíamos perdido las fórmulas de Locusta, de Lucrecia Borgia, de Catalina de Médicis y de la marquesa de Brinvilliers, y lamentó, riendo, la pérdida de tan hermosos secretos, lloró por el veneno fulminante del joven Británico, por las guantes perfumados de Juana de Albret, los polvos de sucesión y el licor de familia que cambiaba el vino de Chipre en vino de Siracusa; en su revista no olvidó tampoco el ramo fatal de Adriana Lecouvreur. La señora Chermidy pudo observar que el cerrajero escuchaba atentamente.

—Háblenos usted de venenos modernos—dijo al doctor—, de los venenos empleados en nuestros días, de venenos en servicio activo.

—¡Ay señora!—contestó—. Estamos en plena decadencia. No es difícil matar a las gentes: un pistoletazo basta y sobra para ello. Pero se trata de matar sin que queden vestigios. El veneno no es bueno para otra cosa y ésa es la única ventaja sobre la pistola. Desgraciadamente, en el mismo instante en que sale un tóxico nuevo, se descubre un medio de comprobar su presencia. El demonio del bien tiene las alas tan poderosas como el genio del mal. El arsénico es un buen obrero, pero ahí está el aparato de March para vigilar la obra. La nicotina no es una tontería, la estricnina también es un buen producto; pero el señor magistrado sabe tan bien como yo que la estricnina y la nicotina han encontrado ya sus fiscales, es decir, sus reactivos. Se ha adoptado el fósforo con un fundamento de razón, apoyándose en lo siguiente: «El cuerpo humano contiene fósforo en cantidad apreciable; si el análisis químico lo descubre en el cuerpo de la víctima, se podrá decir que es la Naturaleza quien lo ha puesto allí»; pero ¡ay! no nos ha costado tampoco mucho trabajo demostrar la diferencia entre el fósforo natural y el ingerido. No es, pues, difícil matar a una persona, pero es casi imposible hacerlo impunemente. Yo podría indicar a usted el medio de envenenar a veinticinco personas a la vez, en una habitación cerrada, sin darles ningún brebaje. El ensayo no costaría ni dos reales, pero al asesino le costaría la cabeza. Un químico de mucho talento ha inventado recientemente una composición sutil que también tiene su encanto. Rompiendo el tubo que la contiene, las gentes caerían como moscas, pero no se podría convencer a nadie de que la muerte había sido natural.

—Doctor—preguntó la señora Chermidy—, ¿qué es el ácido prúsico?

—El ácido prúsico o cianhídrico, señora, es un veneno muy difícil de fabricar, imposible de adquirir, imposible de conservar puro, aun en recipientes negros.

—¿Y deja trazas?

—¡Magníficas! Tiñe a las gentes de azul; así es cómo se ha descubierto el azul de Prusia.

—Usted se burla de nosotros, doctor. Usted no tiene respeto ni por aquello que hay de más sagrado en el mundo: la curiosidad de una mujer. Me han hablado de un veneno de Africa o de América que mata a los hombres con la cantidad que cabe en una punta de alfiler. ¿Es una invención de los novelistas?

—No, es una invención de los salvajes. Se unta con él la punta de las flechas. Lindo veneno, señora; no hace languidecer a sus víctimas; es el rayo en miniatura. Lo más curioso es que se le puede comer impunemente. Los salvajes lo emplean en las salsas y en los combates, en la guerra y en la cocina.

—Acaba usted de decir su nombre y ya no me acuerdo.