—¿Y la duquesa sabe algo?

—No, no sé cómo decírselo... Quería preguntárselo a Honorina...

—¡Ea! ¡Que se vaya al diablo Honorina!

—Es lo que yo digo.

Llamaron al barón para el whist y respondió, sin levantarse, que estaba ocupado, rogando a un amigo que tomase su puesto. Quería acabar la confesión, pero el duque le interrumpió diciéndole con voz ronca:

—Tengo hambre. Aun no he comido hoy.

—¿De veras?

—Sí; hágame servir un cubierto. También tendrá usted que prestarme dinero, no me queda nada.

—¡Cómo!

—Sí, sí; yo tenía un millón, pero se lo he dado a Honorina.