¡Victoria! ¡el gato ya está preso! Hase arrojado a un pozo. ¡Cubos! ¡cuerdas! ¡escalas! Todos abrigan la esperanza, la casi seguridad de recuperar las narices del señorito L'Ambert intactas o poco menos. Mas ¡ay! que este pozo no es un pozo como todos los demás. Es la boca de una cantera abandonada cuyas galerías forman una vasta red de más de diez leguas, y se extienden en todas direcciones, hallándose en comunicación con las catacumbas de París.

Se pagan sus honorarios a M. Triquet; se abonan a los campesinos las indemnizaciones que exigen, y se emprende el regreso a Parthenay, bajo una lluvia torrencial.

Antes de subir al carruaje, Ayvaz-Bey, mojado como un pato, y ya recuperada la calma por completo, vino a ofrecer su mano a M. L'Ambert.

—Caballero—le dijo,—lamento sinceramente que mi obstinación haya llevado las cosas hasta este extremo. La Tompain no vale una gota siquiera de la sangre vertida por su culpa, y hoy mismo rompo con ella, pues no podría verla sin pensar en la desgracia que ha causado. Sois testigo de que he hecho cuanto me ha sido posible, como asimismo estos señores, por devolveros lo perdido. Ahora, permitidme esperar que este accidente no sea del todo irreparable. El médico de esta aldea nos ha recordado que existen en París cirujanos más hábiles que él; creo haber oído decir que la cirugía moderna poseía secretos infalibles para restaurar las partes del cuerpo humano mutiladas o perdidas. M. L'Ambert aceptó, con el humor que pueda suponerse cualquiera, la mano que le tendía su rival, y se hizo conducir al faubourg Saint-Germain en compañía de sus dos amigos.

III

DONDE DEFIENDE EL NOTARIO SU PELLEJO CON MÁS ÉXITO

El cochero de Ayvaz-Bey era un hombre dichoso si los hay. Aquel bribón empedernido fue menos sensible a la propina de cincuenta francos que al placer de haber conducido a su cliente a la victoria.

—¡En verdad que me agrada la manera que tenéis de arreglar a las personas!—le dijo al bueno de Ayvaz.—Bueno es saber cómo las gastáis. Si alguna vez os piso un pie, me apresuraré a pediros mil perdones en el acto. Ese pobre señor se verá negro si quiere tomar rapé. ¡Vamos, vamos! si alguien vuelve alguna vez a sostener ante mí que los turcos son unos torpes, ya sabré qué responderle. ¿No os dije que os daría buena suerte? Eso me sucede siempre. Conozco, en cambio, un viejo que le ocurre lo contrario: da siempre la mala pata a sus clientes. Ni por casualidad conduce una vez sola al terreno del honor a nadie que salga ileso... ¡Arre, pajarita! ¡vamos, que conduces a un héroe! ¡Hoy te envidiarían los caballos de los césares de Roma!

Estas burlas crueles no lograron desarrugar el entrecejo de los turcos, y el cochero, en vista de que sus palabras no hacían gracia, adoptó el prudente partido de callarse.

En otro carruaje infinitamente más elegante y mucho mejor entroncado, lamentábase el notario en presencia de sus dos amigos.