—Todo concluyó para mí—les decía;—soy hombre muerto; no me queda otro recurso que saltarme la tapa de los sesos. ¿Cómo presentarme de nuevo en sociedad, en la Opera, ni en ningún otro teatro? ¿Queréis que comparezca ante el mundo con esta cara grotesca y lamentable, que excitará en unos la risa y en otros la compasión?

—¡Bah!—respondiole el marqués,—la gente se acostumbra a todo. Y, en último caso, si el mundo nos causa espanto, permanecemos en casa.

—¡Permanecer siempre en casa! ¡bonito porvenir! ¿Imagináis, por ventura, que han de venir las mujeres a buscarme a domicilio, en el estado en que me encuentro?

—¡Os casaréis! He conocido a un teniente de coraceros que había perdido un brazo, una pierna y un ojo. Cierto que no era el terror de los maridos, ni el ídolo de las mujeres; pero se casó con una buena muchacha, ni fea ni bonita, que lo quiso con toda su alma, y lo hizo dichoso por completo.

No debió de parecerle al notario demasiado consoladora semejante perspectiva, porque exclamó con acento desesperado:

—¡Oh, las mujeres! ¡las mujeres! ¡las mujeres!

—¡Demontre!—exclamó el marqués,—¡qué importancia concedéis a las mujeres! ¡Ni que ellas lo fuesen todo! Hay en el mundo otras cosas agradables. ¡Se dedica uno a mirar por su salud, qué diablo! A encarrilar su alma, a cultivar su espíritu, a hacer bien a su prójimo, a llenar los deberes de su estado. ¡No es preciso poseer una nariz prominente para ser buen cristiano, buen padre de familia y buen notario!

—¡Notario!—replicó él con amargura poco disimulada,—¡notario! En efecto, eso aun lo soy. Ayer era un hombre de mundo, un verdadero gentleman, y, hasta puedo decirlo prescindiendo de falsas modestias, un caballero cuyo trato se disputaban todos. Hoy sólo soy un notario. ¿Y quién sabe si lo seguiré siendo mañana? Una indiscreción del lacayo bastaría para divulgar esta estúpida aventura. Con dos palabras que diga cualquier periódico, la justicia se verá obligada a perseguir a mi adversario, y a sus testigos, y a vosotros mismos, señores. Y heme entonces aquí conducido ante el tribunal correccional, y teniéndole que referir dónde, cuándo y por qué he perseguido a la señorita Victorina Tompain. Suponed un escándalo semejante, y decidme si el notario podrá sobrevivirle.

—Amigo mío—le dijo el marqués,—os asustáis de peligros imaginarios. Las gentes de nuestro mundo, de este mundo a que vos pertenecéis también, poseen el derecho de rebanarse el cuello impunemente. El ministerio público cierra los ojos cuando se trata de nuestras querellas, y no hay justicia que valga. Comprendo que se metan un poco con los periodistas, los artistas y otros seres de condición inferior cuando se permiten tirar de la espada: conviene recordar a esas gentes que tienen puños para batirse, y que basta con creces esta arma para vengar la clase de honor que poseen. Pero porque un caballero se conduzca y proceda como tal, la justicia no tiene nada que decir, y nada dice. Yo he tenido unos quince o veinte lances desde que dejé el servicio, y algunos, en verdad, bien desgraciados para mis adversarios; y, sin embargo, ¿habéis leído mi nombre alguna vez en la Gaceta de los Tribunales?

M. Steimbourg hallábase menos ligado con M. L'Ambert que el marqués de Villemaurin; no tenía, como éste, todos sus títulos de propiedad en el estudio de la calle de Varneuil desde hacía cuatro o cinco generaciones. No conocía a aquellos dos caballeros más que del círculo y de la partida de whist, y tal vez también por algunos corretajes que le habían hecho ganar. Pero era un buen muchacho y hombre de bastante talento, e hizo, a su vez, algunos razonamientos acertados al notario, para consolarle en su aflicción. A su entender, M. de Villemaurin ponía las cosas peor de lo que ya estaban: existían otros recursos. Decir a M. L'Ambert que quedaría desfigurado para toda su vida, era desesperar demasiado pronto de la ciencia.