Su rostro iluminose por un rayo de esperanza, y añadió, con tono más dulce:
—Mi anciano tío de Poitiers, en su última enfermedad, se hizo inyectar cien gramos de sangre bretona en la vena cefálica mediana: un antiguo servidor prestose a suministrársela. Mi bella tía Giromagny, cuando aún conservaba su belleza, hizo arrancar un incisivo a una de sus doncellas más hermosas para reemplazar un diente que acababa de perder. Este expediente dio un resultado magnífico, y no costó arriba de tres luises. Doctor, vos me habéis dicho que, a no ser por la trastada de ese maldito gato, hubierais podido colocarme nuevamente la nariz en su sitio, cosiéndomela con cuidado. ¿Me lo habéis dicho, o no?
—Sin duda, y os lo repito.
—Y si lograse comprar la nariz de algún pobre diablo, ¿podríais también colocármela en reemplazo de la mía?
—Claro está que podría...
—¡Oh, magnífico!
—Pero no me prestaría a hacerlo, ni ninguno de mis colegas tampoco.
—¿Y por qué, queréis decirme?
—Porque mutilar a un hombre sano es un crimen, por muy estúpido que sea, o muy hambriento que se halle el paciente para consentir en ello.
—A la verdad, doctor, que confundís mis nociones relativas a lo justo y a lo injusto. Yo me hice reemplazar, cuando fui llamado a filas, mediante un centenar de luises, por una especie de alsaciano, de pelo alazán tostado. A mi hombre (porque era bien mío) hubo de llevarle la cabeza una bala de cañón, el 30 de abril de 1849. Y como dicha bala me estaba destinada a mí por la suerte, puedo decir con verdad que el alsaciano en cuestión vendiome su cabeza y toda su persona entera por un centenar de luises, o algo más. El Estado no sólo toleró, sino que aprobó esta combinación; vos tampoco tendréis nada que objetar; es muy posible que vos mismo hayáis comprado también al mismo precio un hombre entero, que se haya matado por vos. ¡Y sois capaz de escandalizaros porque ofrezco doble precio, al primer bribón que se presente, por sólo la punta de la nariz!