El doctor detúvose un momento a meditar una respuesta lógica. Pero, como no la encontrase, dijo al señorito L'Ambert:
—Si bien no permite mi conciencia desfigurar a otro hombre en beneficio vuestro, creo que podría, sin escrúpulo, cortar del brazo de cualquier perillán los pocos centímetros cuadrados de piel que os hacen falta.
—¡Vaya, doctor! ¡tomadlos de dónde mejor os plazca, con tal de que reparéis este estúpido accidente! Busquemos en seguida un hombre de buena voluntad, y ¡viva el método italiano!
—Os prevengo de nuevo, sin embargo, que tendréis que permanecer un mes entero en una situación bien molesta.
—¡Qué me importan todas las molestias del mundo, si al cabo de ese mes puedo presentarme de nuevo en el foyer de la Opera!
—Convenido. ¿Habéis pensado ya en alguien? ¿Acaso ese portero de quien ahora poco hablabais...?
—¡Me parece muy bien! Será fácil comprarlo, con su mujer y sus hijos, por un centenar de escudos. Cuando Barberau, su antecesor, se retiró no sé adónde, para vivir de sus rentas, un cliente recomendome a este, que se estaba literalmente muriendo de hambre.
Llamó M. L'Ambert, y ordenó al ayuda de cámara, que se presentó al instante, que hiciera subir a Singuet, el nuevo portero.
Acudió el hombre, y lanzó un grito de espanto al contemplar el rostro de su amo.
Era el verdadero tipo del pobre diablo parisiense, que es el más pobre de todos los diablos: un hombrecillo de treinta y cinco años de edad, al cual todos le hubieran echado sesenta, a juzgar por su aspecto flaco, amarillo y desmirriado.