—Un turco; pero esto es lo de menos.
—¡Un salvaje! Sabía ya de referencia que los turcos eran salvajes; pero no creí que les dejasen venir a París. Esperad un momento, que voy a avisar a un gendarme.
M. Bernier contuvo este alarde de celo del buen auvernés, y explicóle, en pocas palabras, la clase de servicio que se pretendía que prestase. Creyó, al principio, que se burlaban de él, porque se puede ser un excelente aguador sin tener la más pequeña noción de rinoplastia. Hízole comprender el doctor que se deseaba tenerle embargado durante un mes, y comprarle unos ciento cincuenta centímetros cuadrados de su piel.
—La operación no es nada en sí—le dijo,—y os garantizo que os hará sufrir bien poco; pero os advierto, en cambio, que tendréis que tener una paciencia enorme para permanecer un mes inmóvil, con el brazo cosido a la nariz del señor.
—Paciencia no me falta—respondió nuestro hombre;—para algo soy auvernés. Pero para que yo pase un mes en esta casa prestando a este señor un importante servicio, será necesario que me abonen los jornales de esos días.
—Desde luego. ¿Cuánto exigís? Sebastián meditó unos instantes.
—En conciencia—dijo al fin,—ese trabajo bien vale cuatro francos diarios.
—No, amigo mío—respondiole el notario;—ese trabajo vale mil francos al mes, o sea, treinta y tres francos diarios.
—No—replicó el doctor, con acento autoritario;—eso vale dos mil francos.
L'Ambert inclinó la cabeza, y no se atrevió a objetar.