Romagné pidió permiso para terminar aquel día su trabajo, dejar en el bodegón su tonel y buscar quien le reemplazase durante el mes.
—Por otra parte—dijo,—no vale la pena de comenzar hoy mismo, para sólo medio día.
Demostráronle que el caso era urgente, y tomó, en vista de ello, sus medidas. Mandaron a buscar a uno de sus amigos, el cual prometió reemplazarle por espacio de un mes.
—Tú me traerás el pan todas las noches—le dijo Romagné.
Pero se apresuraron a decirle que la precaución era inútil, pues le darían de comer en la casa.
—Eso dependerá de lo que me cueste—observó él.
—M. L'Ambert os dará de comer gratis.
—¡Gratis! eso ya es distinto. He aquí mi piel. Cortadmela cuanto antes.
Romagné soportó la operación como un valiente, sin pestañear siquiera.
—Esto es un placer—decía.—Me han contado de un auvernés de mi país que se hacía petrificar en una fuente mediante un franco por hora. Prefiero dejarme cortar a pedazos. No es tan molesto, y produce mucho más.