¡Pobre inocente! sólo obtuvo de su amo una buena lección de gramática parda. M. L'Ambert le enseñó que prometer y dar no son palabras sinónimas; dignose explicarle (porque estaba de buen humor) los méritos y peligros de la figura llamada hipérbole; y le dijo, por último, con, tono dulce, es verdad, pero tan firme que no admitía réplica:

—Romagné, he hecho mucho por vos, pero quiero hacer más todavía al alejaros de este hotel. El simple buen sentido os dice que no os halláis en él en calidad de dueño; quiero llevar mi bondad hasta el extremo de admitir que estéis en él como un ayuda de cámara; en fin, me parece que os haría un gran perjuicio manteniéndoos en una situación mal definida que pervertiría vuestros hábitos y falsearía vuestro espíritu. Llevando un año más esa vida parasitaria y ociosa, perderíais por completo el amor al trabajo. Os convertiríais en un vago, y los vagos, permitidme que os lo diga, son el azote de nuestra época. Poneos la mano sobre vuestra conciencia, y decidme si os agrada semejante perspectiva. ¡Pobre Romagné! ¿No habéis echado de menos muchas veces el título de obrero, que es vuestro más noble blasón? Porque vos sois de aquellos seres que la Providencia ha creado para ennoblecerse con el sudor de su frente; pertenecéis a la aristocracia del trabajo. Trabajad, pues; no ya como otras veces, entre privaciones y dudas, sino con una seguridad que yo garantizo y una abundancia proporcionada a vuestras modestas necesidades. Yo saldré a los gastos de la primera instalación; yo os procuraré trabajo. Si, lo que no considero posible, os faltasen los medios de existencia, acudid a mí en seguida, que siempre os acogeré con afecto paternal. Pero renunciad al absurdo proyecto de casaros con mi cocinera, porque no debéis enlazar vuestra suerte a la de una simple criada, y no quiero, por otra parte, chiquillos en mi casa.

El infeliz lloró copiosamente y se deshizo en protestas de sincero agradecimiento. Debo decir, en descargo de M. L'Ambert, que hizo las cosas con bastante generosidad. Vistió de pies a cabeza a Romagné, amueblole un quinto piso, en la calle del Cherche-Midi, y le dio quinientos francos para que fuese viviendo mientras le encontraba trabajo. Aún no habían transcurrido ocho días, cuando le hizo entrar, como peón de albañil, en una fábrica de espejos de la calle de Sèvres.

Transcurrió mucho tiempo, seis meses por lo menos, sin que la nariz del notario sufriese la menor novedad digna de especial mención. Pero un día en que nuestro funcionario descifraba, en compañía de su oficial mayor, los pergaminos de una noble y rica familia, rompiéronsele por la mitad las gafas, y cayeron sobre la mesa.

Este pequeño accidente no le causó grandes molestias. Púsose provisionalmente unos quevedos con resorte de acero, e hizo cambiar el armazón de sus gafas en el muelle de los Plateros. Su óptico, M. Luna, apresurose a pedirle mil perdones, enviándole unas gafas nuevas, que se rompieron también por igual sitio antes de transcurrir veinticuatro horas.

Otras terceras sufrieron la misma suerte; trajeron por cuarta vez otras nuevas, y les ocurrió en seguida otro tanto. El óptico no sabía ya cómo excusarse. En el fondo de su alma, hallábase persuadido de que M. L'Ambert tenía la culpa de todo.

—Este señor no es razonable—decía a su mujer, mostrándole los estragos de los cuatro últimos días;—usa gafas del número 4, que son forzosamente muy pesadas; quiere por coquetería una montura muy liviana, y tengo la seguridad de que trata a sus gafas como si fueran de hierro forjado. Si le hago la menor observación se enfadará; lo mejor será que le envíe otras nuevas con la montura más recia, sin decirle una palabra.

La señora de Luna encontró la idea excelente; pero las quintas gafas corrieron la misma suerte que las cuatro precedentes. Esta vez, M. L'Ambert montó en cólera, a pesar de no habérsele hecho ninguna observación, y mandó a buscar otras gafas a un establecimiento rival.

Pero hubiérase dicho que todos los ópticos de París se habían puesto de acuerdo para que se rompiesen sus gafas en la nariz del pobre millonario. Nada menos que doce sufrieron igual suerte, unas tras otras. Y lo más maravilloso del caso era que los lentes de resorte de acero, que reemplazaban a las gafas durante los interregnos, manteníanse vigorosos y firmes.

Ya sabéis que la paciencia no era la virtud favorita de M. Alfredo L'Ambert. Hallábase un día furioso, pateando sobre unas gafas, haciéndolas pedazos con sus tacones, cuando le anunciaron la visita del doctor Bernier.