—¡Demontre! llegáis a tiempo—exclamó el notario, colérico.—¡Estoy, por lo visto, hechizado! ¡el diablo ha tomado posesión de mi persona!
Las miradas del doctor fijáronse en seguida en la nariz de su cliente; pero encontrándola, al parecer, sana, de buen aspecto, y fresca como una rosa.
—Me parece—observó,—que marcha todo muy bien.
—De salud, sí, en efecto: me encuentro perfectamente; pero estas gafas endiabladas no hay forma de que se mantengan enteras.
Y refirió al doctor toda la historia.
Este se quedó pensativo, y dijo al cabo de un rato:
—El auvernés anda por medio. ¿Tenéis aquí alguna de las monturas rotas?
—Debajo de mis pies tengo la última.
Recogiola M. Bernier, examinola con una lente, y le pareció que el oro estaba como argentado en los alrededores del sitio de la rotura.
—¡Diablo!—exclamó.—¿Habrá hecho Romagné alguna calaverada?