—¿Qué calaveradas queréis que haya hecho?

—¿Le tenéis todavía en vuestra casa?

—No; el pillo me ha abandonado. Trabaja en la ciudad.

—Espero, sin embargo, que esta vez habréis conservado sus señas.

—Sin duda. ¿Queréis verle?

—Cuanto antes.

—¿Hay algún peligro tal vez? ¡Yo me hallo perfectamente!

—Vamos, por lo pronto, a casa de Romagné.

Un cuarto de hora después nuestros dos personajes descendían a la puerta de los señores Taillade y Compañía, en la calle de Sèvres. Una amplia muestra, fabricada con trozos de cristal azogado, indicaba claramente el género de industria a que se dedicaba la casa.

—Henos aquí—dijo el notario.