—¡Cómo! ¿está empleado el auvernés en este establecimiento?
—Sin duda alguna: yo mismo le he buscado esta colocación.
—Vamos, el mal no es tan grande como llegué a suponer. Pero, de todas maneras, habéis cometido una imprudencia imperdonable.
—¿Qué queréis decir?
—Entremos.
La primera persona que encontraron en el interior del edificio fue al auvernés, en mangas de camisa, los puños arremangados, azogando la luna de un espejo.
—¡Hola!—exclamó el doctor,—lo que yo había previsto.
—¿Pero qué?
—Que se azogan las lunas con una capa de mercurio aprisionada bajo una hoja de estaño, ¿comprendéis?
—Todavía no.