—Vuestro animal tiene los brazos embadurnados de mercurio hasta los codos; ¿qué digo? hasta las axilas.

—Mas no veo la relación...

—¿No veis que, siendo vuestra nariz una fracción de su brazo, y poseyendo el oro una deplorable tendencia a amalgamarse con el mercurio, jamás podréis evitar que se os rompan vuestras gafas?

—¡Demontre!

—Tenéis, sin embargo, el recurso de usar gafas con montura de acero.

—Me es lo mismo.

—En ese caso, no corréis peligro alguno, salvo, quizás, algunos accidentes mercuriales.

—¡Ah, no! Prefiero que Romagné trabaje en otra cosa. ¡Ven, Romagné! Deja lo que estás haciendo y vente con nosotros al instante. ¿Quieres acabar de una vez, pedazo de zopenco? ¿No sabes a lo que me expones?

Habiendo acudido el dueño del taller al escuchar el rumor de la conversación, dio el notario su nombre, con tono bastante infatuado, y recordó que él había recomendado a aquel hombre por mediación de su tapicero. M. Taillade respondió que lo recordaba muy bien, y explicole que, para hacerse agradable a M. L'Ambert, y captarse su benevolencia, había promovido al auvernés de peón de albañil a azogador.

—¿Hace quince días de eso?—preguntole el notario.