—Sí, señor, ¿lo sabíais ya?

—¡Demasiado, por desgracia! ¡Ah, señor! ¿cómo puede jugarse con cosas tan sagradas?

-¿Yo...?

—No, nada. Pero por mí, por vos, por la sociedad toda entera, ponedle nuevamente a trabajar de albañil; pero no, mejor será que me lo devolváis; me lo llevaré conmigo. Pagaré lo que sea necesario, pero el tiempo apremia. ¡Prescripción facultativa!... Romagné, amigo mío, es preciso que me sigáis. Habéis hecho vuestra fortuna; ¡cuanto tengo os pertenece!... ¡No! pero venid de todos modos; ¡os juro que no quedaréis descontento de mí!

Y sin dejarle apenas tiempo para cambiarse de traje, llevóselo como arrebata el ave de rapiña a su presa. M. Taillade y sus obreros tomáronle por un loco. El bueno de Romagné levantaba los ojos al cielo, y se preguntaba qué querrían de él otra vez.

Su destino fue decidido durante el camino, mientras él cazaba moscas al lado del cochero.

—Mi querido cliente—decía el doctor al millonario,—es preciso que no perdáis nunca de vista a ese muchacho. Comprendo que le hayáis arrojado de vuestra casa, porque, a decir verdad, su trato no debe ser muy agradable; pero no debisteis alejarle tanto, ni pasar tanto tiempo sin procuraros noticias de él. Alojadle en la calle de Beaune, o en la de la Universidad, próximo a vuestro hotel. Dedicadle a un oficio menos peligroso para vos, o mejor, si queréis, pasadle una pequeña pensión sin darle ningún oficio: si trabaja, se fatiga y se expone. No conozco oficio alguno en que el hombre no exponga su piel ¡es tan fácil, por desgracia, un accidente! Dadle lo suficiente para que pueda vivir sin hacer nada. ¡Guardaos bien, sin embargo, de tenerle en la abundancia! Volvería a beber, y ya sabéis las consecuencias fatales que os reporta a vos ese vicio. Con cien francos al mes, y la casa pagada, creo que tendrá suficiente.

—Tal vez sea demasiado... no porque me parezca la cantidad excesiva, sino porque preferiría darle de comer sin que pudiera emplear un solo céntimo en vino.

—Dadle, pues, cuatro luises, pagados en cuatro plazos: los martes de cada semana.

Ofrecieron a Romagné una pensión de ochenta francos mensuales, pero el auvernés respondió con desprecio, rascándose la oreja: