Con su historiada corbata, sus guantes impecables, sus zapatos de baile, el sombrero debajo del brazo izquierdo, y el contrato en la mano derecha, fue a presentar sus respetos a la marquesa, atravesó con modestia el círculo formado por los que la rodeaban, inclinose ante ella, y le dijo:
—Cheñora marquecha, aquí teneich el contrato de boda de vuechtra cheñorita hija.
La señora de Villemaurin fijó en él sus ojos espantados. Un ligero murmullo elevose entre los circunstantes. M. L'Ambert saludó de nuevo, y añadió:
—¡Dioch mío! cheñora marquecha, que día tan felich va a cher echte para todoch!
Una mano vigorosa asiole por el brazo izquierdo, haciéndole girar sobre sí mismo. Volviose, y reconoció al marqués.
—Mi querido notario—le dijo éste, arrastrándole hasta un rincón,—el carnaval permite indudablemente muchas cosas; pero recordad quien sois, y cambiad de tono si os place.
—Pero, cheñor marquech...
—¡Otra vez!... Ya veis que soy paciente, pero os ruego no abuséis. Excusaos ante la marquesa, leednos el contrato de boda, y buenas noches.
—¿Pero de qué he de echcucharme, y por qué echach buenach nochech? ¡Cualquiera diría que he cometido una torpecha, cheñor mío!
El marqués no le respondió una palabra; pero hizo señas a los criados que circulaban por el salón. Entreabriose la puerta, y escuchose una voz que gritaba en la antecámara: