—¡La servidumbre del señor L'Ambert! Aturdido, confuso, fuera de sí, el pobre millonario salió haciendo reverencias en todas direcciones y no tardó en encontrarse en su carruaje, sin saber por qué ni cómo. Se golpeaba la frente, se arrancaba los cabellos y se pegaba pellizcos en los brazos para despertarse a sí mismo, por si, como creía, era juguete de un sueño. Pero no; no dormía; veía la hora que marcaba su reloj, leía los nombres de las calles, a la claridad de las luces del gas, y reconocía las muestras de los establecimientos. ¿Qué había dicho? ¿Qué había hecho? ¿Qué conveniencias había violado? ¿Qué inconveniencia o qué majadería suya podía haber dado lugar a que le tratasen de aquel modo? Porque, en fin, la duda no era posible: en la casa del señor de Villemaurin lo habían puesto de patitas en la calle. ¡Y el contrato de matrimonio estaba allí, en su mano! ¡aquel contrato redactado con tan singular esmero, en tan brillante estilo, y cuya lectura no había sido escuchada!

Sin haber podido dar con la solución a aquel problema, encontrose en el patio de su hotel. El rostro de su portero inspiróle una idea luminosa.

—¡Chinguet!—gritó.

El escuálido Singuet no se hizo llamar otra vez.

—Chinguet, te daré chien francoch chi me dichech la verdad; y chien puntapiech chi me ocultach alguna cocha.

Singuet le miró con sorpresa, y sonrió con timidez.

—¡Chonríech, dechalmado! ¿por qué? ¡Contechta encheguida!

—¡Dios mío!—dijo el pobre diablo;—el señor dispensará... que me haya permitido... pero el señor imita perfectamente el acento de Romagné.

—¡El achento de Romagné! ¿quién? ¡yo! ¿Hablo como un auvernech?

—Demasiado lo sabe el señor. Hace ya ocho días de esto.