—¿Pero qué echtach dichiendo, pollino? ¿cómo he de chaber yo una cocha chemejante?
Singuet elevó los ojos al cielo, pensando que su amo se había vuelto loco; pero M. L'Ambert, aparte de aquel maldito acento, gozaba de la plenitud de todas sus facultades. Interrogó por separado a toda su servidumbre, y se persuadió de su desgracia.
—¡Ah, infame aguador!—exclamaba,—¡ah, criminal! Echtoy cheguro de que habrá hecho alguna majadería. Que vayan a buchcarle; pero no, que voy a buchcarle yo michmo.
Corrió a pie hasta la casa de su protegido, subió a saltos hasta el quinto piso, llamó sin lograr despertarle, y, enfurecido y colérico, no encontrando otro expediente, forzó a empujones la puerta de la habitación.
—¡Cheñor L'Ambert!—exclamó Romagné.
—¡Tunante de auvernech!—respondiole el notario.
—¡Cheñor mío!
—¡Chinvergüencha!
Ya eran dos a destrozar el idioma.
La discusión prolongose por espacio de más de un cuarto de hora, en medio de la mayor algarabía, sin que se aclarase el misterio. El uno se quejaba amargamente, como víctima; el otro se defendía diciendo que era inocente.