Pero cuando se halló presencia del mutilado, cesaron sus entusiasmos. Desplomose desmayada, y, cuando recobró el conocimiento, rompió a llorar copiosamente.

En medio de sus sollozos, oyose un grito que parecía partir de lo más profundo del alma:

—¡Oh, Rodrigo!—exclamó,—¡que injusta he sido contigo!

M. L'Ambert permaneció soltero. Hízose fabricar una nariz de plata esmaltada, cedió su bufete a su oficial mayor, y compró una casita, de modesta apariencia, cerca de los Inválidos. Algunos buenos amigos alegraron su morada. Proveyose de una bodega abundante y bien surtida, y se consoló como pudo. Las botellas más preciadas de Château-Yquen, y las mejores cosechas de la hacienda Vougeot son para él.

—Poseo un privilegio sobre todos los demás hombres—suele decir a veces, bromeando;—¡puedo beber cuanto me venga en gana sin que se me enrojezca la nariz!

Ha permanecido fiel siempre a sus principios políticos: lee los buenos periódicos, y hace votos por el triunfo de Chiavone; pero no le envía dinero. El placer de amontonar luises le produce una dicha incalculable. Vive entre dos vinos y entre dos millones.

Una noche de la semana pasada, en que caminaba despacio, con el bastón en la mano, por una de las aceras de la calle de Eblé, lanzó inopinadamente un grito de sorpresa. ¡La sombra de Romagné, vestido de pana azul, habíase erguido ante él!

¿Era realmente su sombra? Las sombras no llevan nada, y ésta llevaba una cesta en la extremidad de un palo.

—¡Romagné!—gritole el notario.

El otro levantó la mirada, y respondió con su voz reposada y tranquila: