—¡Buenach nochech, cheñor L'Ambert!
—¡Hablas, luego vives!—dijo éste.
—Chiertamente que vivo.
—¡Miserable!... ¿qué has hecho de mi nariz?
Y, mientras se expresaba de este modo, habíale agarrado por el cuello, y lo sacudía bruscamente.
El auvernés desasiose con trabajo, y le dijo:
—¡Dejadme, por piedad, que no puedo defenderme! ¿No obchervaich que choy manco? Cuando me chuprimichteich la penchión, coloquéme en el taller de un mecánico, y hube de dejarme el brazo tomado en un engranaje!