El vigésimo séptimo día después de la salida llegaron. Era una hermosa mañana de mayo cuando el buque echó el ancla en el inmenso río de la Plata, sobre una orilla en la cual se extiende la vasta ciudad de Buenos Aires, capital de la República Argentina. Aquel tiempo espléndido le pareció un buen agüero. Estaba fuera de sí de alegría y de impaciencia. ¡Su madre se hallaba a pocas millas de distancia de él! ¡Dentro de pocas horas la habría ya visto! ¡Y él se encontraba en América, en el Nuevo Mundo, y había tenido el atrevimiento de ir allí solo! Todo aquel larguísimo viaje le parecía, entonces, que había pasado en un momento. Le parecía haber volado, soñado, y haber despertado entonces. Y era tan feliz que casi no se sorprendió ni se afligió cuando se registró los bolsillos y se encontró una sola de las dos partes en que había dividido su pequeño tesoro, para estar seguro de no perderlo todo. Le habían robado la mitad, no le quedaban más que muy pocos pesos; pero ¿qué le importaba ya, estando tan cerca de su madre? Con su baulillo al hombro, pasó con otros muchos italianos, a un vaporcito que los llevó a poca distancia de la orilla; saltó del vaporcito a una lancha que lleva el nombre de Andrés Doria, desembarcó en el muelle, se despidió de su viejo amigo lombardo; y se dirigió de prisa a la ciudad.
Llegado a la desembocadura de la primera calle que encontró, paró a un hombre que pasaba y le rogó le indicase qué dirección debía tomar para ir a la calle de las Artes. Por casualidad se había encontrado con un obrero italiano. Este le miró con curiosidad y le preguntó si sabía leer. El muchacho contestó que sí—. “Pues bien—le dijo el obrero indicándole la calle de que salía—: sube derecho, leyendo siempre los nombres de las calles en todas las esquinas, y acabarás por encontrar la que buscas”. El muchacho le dió las gracias, y siguió adelante por la calle que le indicaron.
Era una calle recta y larga, pero estrecha, flanqueada por casas bajas y blancas que parecían otras tantas casitas de campo, llena de gente, de coches, de carros que producían ruido ensordecedor; aquí y allá se izaban inmensas banderas de varios colores, en las que había escrito, con gruesos caracteres, anuncios de salidas de vapores para ciudades desconocidas. A cada instante volviéndose a derecha e izquierda, veía otras calles que parecían tiradas a cordel, flanqueadas de casas, también blancas y bajas, llenas de gente y de carruajes, y situadas en el mismo plano de la extensa llanura americana, semejante al horizonte del mar. La ciudad le parecía infinita; creía que se podía pasar días y semanas viendo siempre, aquí y allá, otras calles como aquéllas, y que toda América estaba formada así. Miraba atentamente los nombres de las calles; nombres raros, que le costaba trabajo leer. A cada calle nueva que divisaba, sentía que le latía más de prisa el corazón, pensando que fuese la que buscaba. Miraba a todas las mujeres con la idea de encontrar a su madre. Vió una delante de sí, y le dió una sacudida el corazón; la alcanzó; la miró: era una negra. Y seguía andando, apretando el paso; llegó a una plazoleta, leyó y quedó como clavado en la acera. Era la calle de las Artes. Volvió, vió el número 117; la tienda del tío era el número 175. Apretó más el paso, casi corría; en el número 171 tuvo que detenerse para tomar aliento, diciendo entre sí: “¡Ah, madre mía, madre mía! ¿Es verdad que te veré dentro de un instante?”. Corrió más; llegó a una pequeña tienda de quincalla. Aquélla era. Se asomó. Vió a una señora con pelo gris y anteojos. “¿Qué quieres, niño?”, le preguntó aquélla en español. “¿No es ésta—dijo el muchacho procurando reforzar la voz—la tienda de Francisco Merelo?”. “Francisco Merelo murió”, respondió la señora en italiano. El chico recibió una fuerte impresión al oírlo. “¿Cuándo murió?”. “¡Oh, hace tiempo!—respondió la señora—, algunos meses, tuvo malos negocios, y se fué. Dicen que se fué a Bahía Blanca, muy lejos de aquí, y murió apenas llegó allá. La tienda es mía”. El muchacho palideció. Después dijo precipitadamente: “Merelo conocía a mi madre, la cual estaba aquí sirviendo en casa del señor Mequínez; él sólo podría decirme dónde está. He venido a América a buscar a mi madre. Merelo le mandaba las cartas. Necesito encontrar a mi madre”. “Hijo mío—respondió la señora—, yo no sé de eso. Puedo preguntarle al muchacho del corral, que conoce al joven que le hacía los encargos a Merelo. Puede ser que éste sepa algo”. Fué al fondo de la tienda y llamó al chico, que llegó en seguida. “Dime—le preguntó la tendera—: ¿recuerdas si el dependiente de Merelo iba alguna vez a llevar cartas a una mujer que estaba de criada en casa de Hijos del país?”. “En casa del señor Mequínez—respondió el muchacho—, sí, señora, alguna vez. A lo último de la calle de las Artes”. “¡Ah! ¡Gracias, señora!—gritó Marcos—. Dígame el número... ¿no lo sabe? Hágame acompañar; acompáñame tú mismo en seguida, chico. Aún tengo algunos cuartos”. Y dijo esto con tanto calor, que, sin esperar la venia de la señora, el muchacho respondió: “Vamos”, y salió él primero a muy ligero paso.
Casi corriendo, sin decir una palabra, fueron hasta el fin de la larguísima calle; atravesaron el portal de una pequeña casa blanca y se detuvieron delante de una hermosa cancela de hierro, desde la cual se veía un patio lleno de macetas de flores. Marcos llamó a la campanilla.
Apareció una señorita. “Vive aquí la familia Mequínez, ¿no es verdad?”, preguntó con ansiedad el muchacho. “Aquí vivía—respondió la señorita pronunciando el italiano a la española—. Ahora vivimos nosotros: la familia Ceballos”. “¿Y adónde han ido los señores Mequínez?”, preguntó Marcos latiéndole el corazón. “Se han ido a Córdoba”. “¡Córdoba!—exclamó Marcos—; ¿dónde está Córdoba? ¿Y la persona que tenían a su servicio? La mujer, mi madre, la criada era mi madre. ¿Se han llevado también a mi madre?”. La señorita le miró y dijo: “No lo sé. Quizás lo sepa mi padre, que los vió cuando se fueron. Espérate un momento”. Se fué, y volvió con su padre, un señor alto, con la barba gris; éste miró fijamente un momento a aquel simpático tipo de pequeño marinero genovés de cabellos rubios y nariz aguileña, y le preguntó en mal italiano: “¿Es genovesa tu madre?”. Marcos respondió que sí. “Pues bien: la criada genovesa se fué con ellos; estoy seguro”. “¿Y adónde han ido?”. “A la ciudad de Córdoba”. El muchacho dió un suspiro; después dijo con resignación: “Entonces... iré a Córdoba”. “¡Ah, pobre niño!—exclamó el señor mirándolo con lástima—. ¡Pobre niño! Córdoba está a mil leguas de aquí”. Marcos se quedó pálido como un muerto y se apoyó con una mano en la cancela. “Veamos, veamos—dijo entonces el señor, movido a compasión, abriendo la puerta—; entra un momento, veremos si se puede hacer algo. Siéntate”. Le dió asiento, le hizo contar su historia, estuvo escuchando muy atento y se quedó un rato pensativo; después le dijo con resolución: “Tú no tienes dinero, ¿no es verdad?”. “Tengo todavía, pero muy poco”, respondió Marcos. El señor estuvo pensando otros cinco minutos; después se sentó a una mesa, escribió una carta, la cerró, y dándosela al muchacho, le dijo: “Oye, italianito, ve con esta carta a la Boca. Es un barrio, medio genovés, que está a dos horas de camino de aquí. Todo el que te encuentre te puede indicar el camino. Ve allí y busca a este señor, al cual va dirigida la carta, y que es muy conocido. Llévale esta carta; él te hará salir mañana para la ciudad de Rosario, y te recomendará a alguno de allí que podrá proporcionarte que sigas el viaje hasta Córdoba, en donde encontrarás a la familia Mequínez y a tu madre. Entretanto, toma esto”. Y le dió algunas pesos. “Anda, y ten ánimo; aquí hay por todas partes compatriotas tuyos y no te abandonarán. Adiós”. El muchacho le dijo: “Gracias”. Sin ocurrírsele otras palabras salió con su cofre, y despidiéndose de su pequeño guía, se puso en camino lentamente hacia la Boca, atravesando la gran ciudad lleno de tristeza y de estupor.
Todo lo que le sucedió desde aquel momento hasta la noche del día siguiente, le quedó después en la memoria, confuso e incierto como ensueños de calenturiento: ¡tan cansado, turbado y debilitado se encontraba! Al día siguiente, al anochecer después de haber dormido la noche antes en un cuartucho de una casa de la Boca, al lado de un almacén del muelle; después de haber pasado casi todo el día sentado sobre un montón de maderos, y, como entre sueños, enfrente de millares de barcos, de lanchas y de vapores, se encontraba en la popa de una barcaza de vela cargada de frutas, que salía para la ciudad de Rosario conducida por tres robustos genoveses bronceados por el sol; la voz de los cuales y el dialecto querido que hablaban, llevó algunos bríos el ánimo de Marcos.
Salieron, y el viaje duró tres días y cuatro noches, siendo continua admiración para el pequeño viajero. Tres días y tres noches remontó aquel maravilloso río Paraná, en cuya comparación nuestro gran Po no es más que un arroyuelo, y la extensión de Italia, cuadruplicada, no alcanza a la de su curso. El barco iba lentamente a través de aquella masa de agua inconmensurable. Pasaba por medio de largas islas, antiguos nidos de serpientes, de tigres, cubiertas de árboles frondosos, semejantes a bosques flamantes; y ora se deslizaba entre estrechos canales, de los cuales parecía que no podía salir, ora desembocaba en vastas extensiones de agua, que semejaban grandes lagos tranquilos; después, saliendo de entre las islas, por los canales intrincados de un archipiélago, llegaba a sitios rodeados de montones inmensos de vegetación. Reinaba profundo silencio. En largos trechos, las orillas y las aguas solitarias y vastísimas evocaban la imagen de un río desconocido, que aquel pobre barco de vela era el primero en el mundo que se aventuraba a surcar. Mientras más avanzaban, tanto más aumentaba aquel inmenso río. Pensaba que su madre se encontraba aún a gran distancia, que la navegación debía durar años todavía. Dos veces al día comía un poco de pan y de carne en conserva con los marineros, los cuales, viéndole triste, no le dirigían nunca la palabra. Por la noche dormía sobre cubierta, y se despertaba a cada instante bruscamente, admirando la luz clarísima de la luna que blanqueaba las inmensas y lejanas orillas: entonces el corazón se le oprimía. “¡Córdoba!—repetía este nombre—. ¡Córdoba!”, como el de una de aquellas ciudades misteriosas de las que había oído hablar en las leyendas. Pero después pensaba: “Mi madre ha pasado por aquí; ha visto estas islas, aquellas orillas”; y entonces no le parecían ya tan raros y solitarios aquellos lugares, en los cuales se había fijado la mirada de su madre... Por la noche, alguno de los marineros cantaba. Aquella voz le recordaba las canciones de su madre cuando le adormecía de niño. La última noche, al oír aquel canto, sollozó. El marinero se interrumpió. Después le gritó: “¡Ánimo chico; valor! ¡Qué diablo! ¡Un genovés que llora por estar lejos de su casa! ¡Los genoveses atraviesan todo el mundo tan contentos como orgullosos!”. Aquellas palabras le hicieron experimentar una sacudida; oyó la voz de la sangre genovesa que corría por sus venas, y levantó la frente con orgullo, dando un golpe en el timón. “Bien—dijo entre sí; también daré yo la vuelta al mundo; viajaré años y años, andaré a pie centenares de leguas, seguiré adelante hasta que encuentre a mi madre. Llegaré, aunque sea moribundo, para caer muerto a sus pies. ¡Con tal que vuelva a verla una sola vez...! ¡Ánimo...!”. Y con estos bríos llegó al clarear una fría y hermosa mañana, frente a la ciudad de Rosario, situada en la ribera del Paraná, reflejándose en las aguas los palos y banderas de mil barcos de todos los países.
Poco después de desembarcado subió a la ciudad con su cofre al hombro, buscando a un señor argentino, para el cual su protector de la Boca le había dado una tarjeta con algunas líneas de recomendación. Al entrar en Rosario le pareció que se encontraba en una ciudad ya conocida. Aquellas calles eran interminables, rectas, flanqueadas de casas blancas y bajas, atravesadas en todas direcciones, por cima de los tejados, por espesas fajas de hilos telegráficos y telefónicos, que parecían inmensas telarañas, y oyéndose gran ruido de gente, caballos y carruajes. La cabeza se le iba: casi creía que volvía a entrar en Buenos Aires, que iba otra vez a buscar a su tío. Anduvo cerca de una hora de aquí para allá, dando vueltas y revueltas, y pareciéndole que volvía siempre a la misma calle; y a fuerza de tantas preguntas, encontró al fin la casa de su nuevo protector. Llamó de la campanilla. Se asomó a la puerta un hombre grueso, rubio, áspero, que tenía el aire de corredor de comercio, y que le preguntó fríamente, con pronunciación extranjera:
“¿Qué quieres?”. El muchacho dijo el nombre del patrón. “El patrón—respondió el corredor—ha salido anoche para Buenos Aires con toda su familia”. El muchacho se quedó paralizado. Después balbuceó: “Pero yo... no tengo a nadie aquí... ¡soy solo!”, y le dió una tarjeta. El corredor la tomó, la leyó, y dijo con mal humor: “No sé qué hacer. Ya la daré dentro de un mes cuando vuelva...”. “¡Pero yo estoy solo! ¡estoy necesitado!”, exclamó el chico con voz suplicante. “¡Eh, anda!—dijo el otro—; ¿no hay bastantes pordioseros de tu país en Rosario? Vete a pedir limosna a Italia”.
Y le dió con la puerta en las narices. El muchacho se quedó petrificado. Después tomó con desaliento su baúl y salió con el corazón angustiado, con la cabeza hecha una bomba y asaltado de un cúmulo de pensamientos desagradables.