¡Qué hacer! ¿A dónde ir? De Rosario a Córdoba hay un día de viaje en ferrocarril. Le quedaban ya muy pocos pesos. Deduciendo las que habría de gastar en aquel día, no le quedaría casi nada. ¿Dónde encontrar dinero para pagarse el viaje? ¡Podía trabajar! Pero ¡cómo! ¿A quién pedir trabajo? ¡Pedir limosna! ¡Ah no! Ser arrojado, insultado, humillado como hace poco, no; nunca; jamás; ¡antes morir! Y ante aquella idea, al ver otra vez delante de sí aquella inmensa calle que se perdía a lo lejos en la interminable llanura, sintió que le faltaban otra vez las fuerzas, echó a tierra el cofre, y se sentó en él, apoyando la espalda contra la pared, y se cubrió la cara con las manos, sin llorar, en actitud desconsoladora. La gente le tocaba con los pies al pasar; los carruajes hacían ruido por la calle; algunos muchachos se paraban para mirarlo. Estuvo así buen rato. De su letargo le sacó una voz que le dijo medio en italiano, medio en lombardo:

“¿Qué tienes, chiquillo?”. Alzó la cara al oír aquellas palabras, y en seguida se puso en pie, lanzando una exclamación de sorpresa: “¿Usted aquí?”. Era el viejo labrador lombardo con el cual había contraído amistad durante el viaje. La admiración del viejo no fué menor que la suya. Pero el muchacho no le dió tiempo para preguntarle, y le contó rápidamente lo ocurrido:

“Heme aquí ahora sin dinero; es menester que trabaje; búsqueme usted trabajo para poder reunir algunos pesos; yo haré de todo; llevar ropa, barrer las calles, hacer encargos, hasta trabajar en el campo; me contento con vivir de pan de munición; pero que pueda yo marchar pronto, que pueda encontrar alguna vez a mi madre; ¡hágame usted esta caridad, búsqueme usted trabajo por amor de Dios, que yo no puedo resistir más!”. “¡Cáspita, cáspita!—dijo el viejo mirando alrededor, rascándose la barba—. ¿Qué historia es ésta? Trabajar... se dice muy pronto. ¡Veamos! ¿No habrá aquí medio de encontrar treinta pesos entre tantos compatriotas?”. El muchacho le miraba animado por un rayo de esperanza. “Ven conmigo”, le dijo el viejo. “¿Dónde?”, preguntó el chico, volviendo a cargar con el baulillo. “Ven conmigo”. El viejo se puso en marcha, Marcos le siguió y anduvieron juntos buen trecho sin hablar. El lombardo se detuvo en la puerta de una fonda que tenía en la muestra una estrella, y escrito debajo: La Estrella de Italia; se asomó adentro, y volviéndose hacia el muchacho, le dijo alegremente: “Llegamos a tiempo”.

Entraron en una habitación grande, en donde había varias mesas y muchos hombres sentados que bebían y hablaban alto. El viejo lombardo se acercó a la primera mesa, y en el modo como saludó a los seis parroquianos que estaban a su alrededor, se comprendía que se había separado de ella poco antes. Estaban muy encarnados, y hacían sonar sus vasos, voceando y riendo.

“¡Camaradas!—dijo sin más preámbulos el lombardo, quedándose en pie y presentando a Marcos—: he aquí un pobre muchacho, compatriota nuestro, que ha venido solo desde Génova a Buenos Aires para buscar a su madre. En Buenos Aires le dijeron: ‘No está aquí; está en Córdoba’. Viene embarcado a Rosario, en tres días y tres noches, con dos líneas de recomendación; presenta la carta; le reciben mal. No tiene un céntimo. Está aquí solo, desesperado. Es un infeliz muy animoso. Hágase algo por él. ¿No ha de encontrar lo necesario para pagar el billete hasta Córdoba y buscar a su madre? ¿Hemos de dejarle aquí como a un perro?”. “¡Nunca, por Dios! ¡Nunca nos lo perdonaríamos!”—gritaron todos a la vez, pegando puñetazos en la mesa—. “¡Un compatriota nuestro!”. “¡Ven aquí, pequeño!”. “¡Cuenta con nosotros, los emigrantes!”. “¡Mira qué hermoso muchacho!”. “Aflojad los ochavos, camaradas!”. “¡Bravo! ¡Ha venido solo! ¡Tiene ánimos! Bebe un sorbo, compatriota”. “Te enviaremos con tu madre, no hay que dudarlo”. Uno le tiraba un pellizco en la mejilla, otro le daba palmadas en la espalda; un tercero le aliviaba del peso del cofrecillo; otros emigrantes se levantaron de las mesas próximas y se acercaban; la historia del muchacho corrió por toda la hostería; acudieron de la habitación inmediata tres parroquianos argentinos, y en menos de diez minutos, el lombardo, que presentaba el sombrero, le reunió cuarenta y dos pesos. “¿Has visto—dijo entonces volviéndose hacia el muchacho—qué pronto se hace esto en América?”. “¡Bebe!—le gritó echándole un vaso de vino—. ¡A la salud de tu madre!”. Todos levantaron los vasos. Y Marcos repitió: “A la salud de mi...”. Pero un sollozo de alegría le impidió concluir y dejando el vaso sobre la mesa, se echó en brazos del viejo lombardo.

La mañana siguiente, al romper el día, había ya salido para Córdoba, animado y riente, lleno de presentimientos halagüeños. Pero esta alegría no correspondía al aspecto siniestro de la naturaleza. El cielo estaba cerrado y obscuro; el tren, casi vacío, corría a través de inmensa llanura, en la que no se veía ninguna señal o habitación. Se encontraba solo en un vagón grandísimo, que se parecía a los de los trenes para los heridos. Miraba a derecha e izquierda, y no se veía más que una soledad sin fin, ocupada sólo por pequeños árboles deformes de ramas y troncos contrahechos, que ofrecían figuras raras y casi angustiosas y airadas; una vegetación obscura, extraña y triste, que daba a la llanura el aspecto de inmenso cementerio.

Dormitaba una media hora, y volvía a mirar; siempre veía el mismo espectáculo. Las estaciones del camino estaban solitarias, como casas de ermitaños; y cuando el tren se paraba no se oía una voz; le parecía que se encontraba solo en un tren perdido, abandonado en medio del desierto. Creía que cada estación debía ser la última, y que se entraba, después de ella, en las tierras misteriosas y horribles de los salvajes. Una brisa helada azotaba el rostro. Embarcándole en Génova a fines de abril, su familia no había pensado que en América podría encontrar el invierno, y le habían vestido de verano. Al cabo de algunas horas comenzó a sentir frío, y con el frío, el cansancio de los días pasados, llenos de emociones violentas y de noches de insomnio y agitadas. Se durmió; durmió mucho tiempo; se despertó aterido, se sentía mal. Y entonces le acometió un vago terror de caer malo, de morirse en el viaje y de ser arrojado allí, en medio de aquella llanura solitaria, donde su cadáver sería despedazado por los perros y por las aves de rapiña, como algunos cuerpos de caballos y de vacas que veía al lado del camino de vez en cuando, y de los cuales apartaba la mirada con espanto. En aquel malestar inquieto, en medio de aquel tétrico silencio de la naturaleza, su imaginación se excitaba y volvía a pensar en lo más negro. “¿Estaba, por otra parte, bien seguro de encontrar en Córdoba a su madre? ¿Y si no estuviera allí? ¿Y si aquellos señores de la calle de las Artes se hubieran equivocado? ¿Y si se hubiese muerto?”. Con estos pensamientos volvió a adormecerse y soñó que estaba en Córdoba, de noche, y oía gritar en todas las puertas y desde todas las ventanas: “¡No está aquí! ¡No está aquí! ¡No está aquí!”. Se despertó sobresaltado, aterido y vió en el fondo del vagón a tres hombres con barbas, envueltos en mantas de diferentes colores, que lo miraban hablando bajo entre sí, y le asaltó la sospecha de que fuesen asesinos y lo quisiesen matar para robarle el equipaje. Al frío, al malestar, se agregó el miedo; la fantasía, ya turbada, se le extravió; los tres hombres le miraban siempre; uno de ellos se movió hacia él; entonces le faltó la razón, y corriendo a su encuentro con los brazos abiertos, gritó: “No tengo nada. Soy un pobre niño. Vengo de Italia; voy a buscar a mi madre; estoy solo; ¡no me hagáis daño!”. Los viajeros lo comprendieron todo en seguida; tuvieron lástima, le hicieron caricias y le tranquilizaron, diciéndole muchas palabras, que no entendía; y viendo que castañeteaba los dientes por el frío, le echaron encima una de sus mantas y le hicieron volver a sentarse para que se durmiera. Y se volvió a dormir al anochecer. Cuando lo despertaron estaban en Córdoba.

¡Ah! ¡Qué bien respiró y con qué ímpetu se echó del vagón! Preguntó a un empleado de la estación dónde vivía el ingeniero Mequínez; le dijo el nombre de una iglesia, al lado de la cual estaba su casa; el muchacho echó a correr hacia ella. Era de noche. Entró en la ciudad. Le pareció entrar en Rosario otra vez, al ver las calles rectas, flanqueadas de pequeñas casas blancas y cortadas por otras calles rectas y larguísimas. Pero había poca gente, y a la luz de los pocos faroles que había, encontraba caras extrañas, de un color desconocido, entre negro y verdoso; y alzando la cara de vez en cuando veía iglesias de una arquitectura rara, que se dibujaban inmensas y negras sobre el firmamento. La ciudad estaba obscura y silenciosa; pero después de haber atravesado aquel inmenso desierto, le pareció alegre. Preguntó a un sacerdote y pronto encontró la iglesia y la casa; llamó a la campanilla con mano temblorosa, y se apretó la otra contra el pecho para sostener los latidos de su corazón, que se le quería subir a la garganta.

Una vieja fué a abrir con la luz en la mano. “¿A quién buscas?”, preguntó aquélla en español. “Al ingeniero Mequínez”, dijo Marcos. La vieja, despechada, respondió meneando la cabeza: “¡También tú, ahora, preguntas por el ingeniero Mequínez!. Me parece que ya es tiempo de que esto concluya. Ya hace tres meses que nos importunan con lo mismo. No basta que lo hayamos dicho en los periódicos. ¿Será menester anunciar en las esquinas que el señor Mequínez se ha ido a vivir a Tucumán?”. El chico hizo un movimiento de desesperación. Después dijo, en una explosión de rabia: “¡Me persigue, pues, una maldición! ¡Yo me moriré en medio de la calle sin encontrar a mi madre! ¡Yo me vuelvo loco! ¡Me mato! ¡Dios mío! ¿Cómo se llama ese país? ¿Dónde está? ¿A qué distancia?”. “¡Pobre niño!—respondió la vieja compadecida—. ¡Una friolera! Estará a cuatrocientas o quinientas millas por lo menos”. El muchacho se cubrió la cara con las manos, después preguntó sollozando: “Y ahora... ¿qué hago?”. “¿Qué quieres que te diga, hijo mío?—respondió la mujer—; yo no sé”. Pero de pronto se le ocurre una idea, y la soltó en seguida: “Oye, ahora que me acuerdo. Haz una cosa. Volviendo a la derecha por la calle encontrarás, a la tercera puerta, un patio; allí vive un capataz, un comerciante que parte mañana para Tucumán con sus carretas y sus bueyes; ve a ver si te quiere llevar, ofreciéndole tus servicios; te dejará, quizá, un sitio en el carro; anda en seguida”. El muchacho cargó con su cofre, dió las gracias a escape, y al cabo de dos minutos se encontró en un ancho patio, alumbrado por linternas, donde varios hombres trabajaban en cargar sacos de trigo sobre algunos grandes carros, semejantes a casetas de titiriteros, con el toldo redondo y las ruedas altísimas. Un hombre alto, con bigote, envuelto en una especie de capa con cuadros blancos y negros, con dos anchos borceguíes, dirigía la faena. El muchacho se acercó a él y le expuso tímidamente su pretensión, diciéndole que venía de Italia y que iba a buscar a su madre.

El capataz, o sea el conductor de aquel convoy de carros, le echó una ojeada de pies a cabeza, y le dijo secamente: “No tengo colocación para ti”. “Tengo quince pesos—replicó el chico suplicante—; se los doy. Trabajaré por el camino. Iré a buscar agua y pienso para las bestias; haré todos los servicios. Un poco de pan me basta. Déjeme ir, señor”. El capataz volvió a mirarlo, y respondió con mejor aire: “No hay sitio... y además, no vamos a Tucumán, vamos a otra ciudad, a Santiago. Te tendríamos que dejar en el camino, y tendrías que andar buen trecho a pie”. “¡Ah! ¡Yo andaría el doble!—exclamó Marcos—; yo andaré, no lo dude usted; llegaré de todas maneras; ¡déjeme un sitio, señor, por caridad; por caridad no me deje aquí solo!”. “¡Mira que es un viaje de veinte días!”. “No importa”. “¡Es un viaje muy penoso!”. “Todo lo sufriré”. “¡Tendrás que viajar solo!”. “No tengo miedo a nada. Con tal que encuentre a mi madre... ¡Tenga usted compasión!”. El capataz le acercó a la cara una linterna y lo miró. Después dijo “está bien”. El muchacho le besó las manos. “Esta noche dormirás en un carro—añadió el capataz, dejándolo—; mañana a las cuatro te despertaré. Buenas noches”. Por la mañana, a las cuatro a la luz de las estrellas, la larga fila de los carros se puso en movimiento con gran ruido; cada carro iba tirado por seis bueyes. Seguía a todos un gran número de animales para mudar los tiros. El muchacho, despierto y metido dentro de uno de los carros, con su bagaje, se durmió bien pronto profundamente. Cuando se despertó, el convoy estaba detenido en un lugar solitario, bajo el sol, y todos los hombres, los peones, estaban sentados en círculo, alrededor de un cuarto de ternera que se asaba al aire libre, clavado en una especie de espadón plantado en tierra, al lado de gran fuego, agitado por el viento. Comieron todos juntos, durmieron, y después volvieron a emprender la jornada, y así continuó el viaje, regulado como una marcha militar. Todas las mañanas se ponían en camino a las cinco; paraban a las nueve; volvían a andar a las cinco de la tarde y paraban de nuevo a las diez. Los peones iban a caballo y excitaban a los bueyes con palos largos. El muchacho encendía el fuego para el asado, daba de comer a las bestias, limpiaba los faroles y llevaba el agua para beber. El país pasaba delante de él como una visión fantástica: vastos bosques de pequeños árboles obscuros; aldeas de pocas casas, dispersas, con las fachadas rojas y almenadas, vastísimos espacios, quizá antiguos lechos de grandes lagos salados, blanqueados por la sal hasta donde alcanzaba la vista; y por todas partes, y siempre, llanura, soledad, silencio. Rarísima vez encontraban dos o tres viajeros a caballo, seguidos de unos cuantos caballos sueltos, que pasaban a galope, como una exhalación. Los días eran todos iguales, como en el mar, sombríos e interminables. Pero el tiempo estaba hermoso. Los peones, como el muchacho se había hecho un servidor obligado, se hacían de día en día exigentes; algunos lo trataban brutalmente, con amenazas; todos se hacían servir de él sin consideración; le hacían llevar cargas enormes de forrajes; le mandaban por agua a grandes distancias, y él, extenuado por la fatiga, no podía ni aun dormir de noche, despertando a cada instante por las sacudidas violentas del carro y por el ruido ensordecedor de las ruedas y de los maderos. Además, habiéndose levantado viento, una tierra fina, rojiza y sucia que lo envolvía todo, penetraba en el carro, se le introducía por entre la ropa, le quitaba la vista y la respiración, oprimiéndole continuamente de un modo insoportable. Extenuado por la fatiga y el insomnio, roto y sucio, reprendido y maltratado desde la mañana hasta la noche, el pobre muchacho se debilitaba más cada día, y hubiese decaído su ánimo por completo si el capataz no le dirigiese de vez en cuando alguna palabra agradable. A veces, en un rincón del carro, cuando no lo veían, lloraba con la cara apoyada en su baúl, que no contenía ya más que andrajos. Cada mañana se levantaba más débil y más desanimado, y al mirar el campo y ver siempre aquella implacable llanura sin límites, como un océano de tierra, decía entre sí: “¡Oh! ¡A la noche no llego; no llego a la noche. ¡Hoy me muero en el camino!”. Y los trabajos crecían, los malos tratos se redoblaban. Una mañana, porque había tardado en llevar el agua, uno de los hombres, no estando presente el capataz, le pegó. Desde entonces comenzaron a hacerlo por costumbre; cuando le mandaban algo, le daban un trastazo, diciéndole: “¡Haz esto, holgazán! ¡Lleva esto a tu madre!”. El corazón se le quería salir del pecho; enfermo, estuvo tres días en el carro con una manta encima, con calentura, sin ver a nadie más que al capataz, que iba a darle de beber y a tomarle el pulso. Entonces se creía perdido, e invocaba desesperadamente a su madre, llamándola mil veces por su nombre: “¡Oh! ¡Madre mía! ¡Madre mía...! ¡Oh, pobre madre mía, que ya no te veré más! ¡Pobre madre, que me encontrarás muerto en medio del camino!”. Juntaba las manos sobre el pecho y rezaba. Después se puso mejor, gracias a los cuidados del capataz, y se curó por completo; mas con la curación llegó el día más terrible de su viaje, el día en que debía quedarse solo. Hacía más de dos semanas que estaba en marcha. Cuando llegaron al punto en que el camino de Tucumán se aparta del que va a Santiago, el capataz le avisó que debía separarse. Le hizo algunas indicaciones respecto al trayecto, le cargó el equipaje sobre las espaldas, de modo que no le incomodase para andar, y abreviando, como si temiera conmoverse, le despidió. El muchacho apenas tuvo tiempo de besarle en un brazo. También los demás hombres, que tan duramente le habían maltratado, parece que sintieron un poco de lástima al verle quedarse solo, y le decían adiós con la mano al alejarse; él devolvió el saludo con la mano, se quedó mirando el convoy, que se perdió entre el rojizo polvo del campo, y después se puso en camino, tristemente.