Una cosa, sin embargo, le animó algo desde el principio. Después de tres días de viaje, a través de aquella llanura interminable y siempre igual, veía delante de sí una cadena de altísimas montañas azules con las cimas blancas, que le recordaban los Alpes y le parecía que iba a acercarse a su país. Eran los Andes, la espina dorsal del Continente americano, la inmensa cadena que se extiende desde la Tierra del Fuego hasta el mar Glacial del polo Ártico, por 110 grados de latitud. También le animaba el sentir que el aire se iba haciendo cada vez más caliente; y sucedía esto porque, marchando hacia el Norte, se iba acercando a las regiones tropicales. A grandes distancias encontraba pequeños grupos de casas con una tiendecilla, y compraba algo para comer. Encontraba hombres a caballo; veía de vez en cuando mujeres y niños sentados en el suelo, inmóviles y serios, con caras nuevas completamente para él, color de tierra con los ojos oblicuos, los huesos de las mejillas, prominentes, los cuales lo miraban fijos y lo seguían con la mirada, volviendo la cabeza lentamente, como autómatas. Eran indios. El primer día anduvo hasta que le faltaron las fuerzas, y durmió debajo de un árbol. El segundo anduvo bastante menos, y con menos ánimos. Tenía las botas rotas, los pies desollados y el estómago débil por la mala alimentación. En la noche empezaba a tener miedo. Había oído decir en Italia que en aquel país había serpientes; creía oírlas arrastrarse; se detenía; tomaba luego carrera y sentía frío en los huesos. A veces le daba gran lástima de sí mismo, y lloraba en silencio conforme iba andando. Después pensaba: “¡Oh, cuánto sufriría mi madre si supiese que tengo tanto miedo!”. Y este pensamiento le daba ánimos. Luego, para distraerse del terror, pensaba en tantas cosas de ella, que traía a su mente sus palabras cuando salió de Génova, y el modo como le solía arreglar las mantas, bajo la barba, cuando estaba en la cama; y cuando era niño, que, a veces, lo cogía en sus brazos, diciéndole: “¡Estate aquí un poco conmigo!”; y estaba así mucho tiempo, con la cabeza apoyada sobre la suya y entregado a sus pensamientos. Y se decía entre sí: “¿Volveré a verte alguna vez, madre querida? ¿Llegaré al fin de mi viaje, madre mía?”. Y andaba, andaba, en medio de árboles desconocidos, entre vastas plantaciones de cañas de azúcar, por prados sin fin, siempre con aquellas grandes montañas azules por delante, que cortaban el sereno cielo con sus altísimos conos. Pasaron cuatro días, cinco, una semana. Las fuerzas le iban faltando rápidamente, y los pies le sangraban. Al fin, una tarde, al ponerse el sol, le dijeron: “Tucumán está a cinco leguas de aquí.” Dió un grito de alegría y apretó el paso, como si hubiese recobrado en el momento todo el vigor perdido. Pero fué breve ilusión. Las fuerzas le abandonaron de nuevo, y cayó extenuado a la orilla de una zanja. Mas el corazón le saltaba de gozo. El cielo, cubierto de estrellas, nunca le había parecido tan hermoso. Lo contemplaba echado sobre la hierba para dormir, y pensaba que su madre miraría quizá también al mismo tiempo el cielo: “Oh, madre mía! ¿Dónde estás? ¿Qué haces en este instante? ¿Piensas en tu hijo? ¿Te acuerdas de tu Marcos, que está tan cerca de ti?”.
¡Pobre Marcos! Si él hubiese podido ver en qué estado se encontraba su madre, hubiera hecho esfuerzos sobrehumanos para andar aún y llegar hasta ella cuanto antes. Estaba enferma, en la cama, en un cuarto de un piso bajo de la casita solariega donde vivía toda la familia Mequínez, la cual le había tomado mucho cariño y la asistía muy bien. La pobre mujer estaba ya delicada cuando el ingeniero Mequínez tuvo que salir precipitadamente de Buenos Aires, y no se había mejorado del todo con el buen clima de Córdoba. Pero después, el no haber recibido contestación a sus cartas del marido, ni del primo; el presentimiento siempre vivo de alguna gran desgracia; la ansiedad continua en que vivía, dudando entre marchar y quedarse, cada día esperando una mala noticia, la habían hecho empeorar considerablemente. Por último, se había presentado una enfermedad gravísima: una hernia intestinal estrangulada. Desde hacía quince días no se levantaba. Era necesaria una operación quirúrgica para salvarle la vida. Precisamente en aquel momento, mientras su Marcos la invocaba, estaban junto a su cama el amo y el ama de la casa convenciéndola, con mucha dulzura, para que se dejase hacer la operación.
Un médico afamado de Tucumán había ya venido la semana anterior, inútilmente. “No, queridos señores—decía ella—; no tiene cuenta; yo no tengo ya más fuerza para resistir, y moriré entre los instrumentos del cirujano. Mejor es que me dejen morir así. No me importa la vida. Todo ha concluido para mí. Es preferible que muera antes de saber lo que haya ocurrido a mi familia”. Los dueños volvían a decirle que no, que tuviese valor, que las últimas cartas enviadas a Génova directamente tendrían respuesta, que se dejase operar, que lo hiciese por sus hijos. Pero aquella idea de sus hijos agravaba más y más, con mayor angustia, el desaliento profundo que la postraba hacía largo tiempo. Al oír aquellas palabras prorrumpía en llanto. “¡Oh! ¡Hijos míos! ¡Hijos míos!—exclamaba, juntando sus manos—. ¡Quizá ya no existan! Mejor es que muera yo también. Muchas gracias, buenos señores; se los agradezco de corazón. Más vale morir. Ni aun con la operación me curaría, estoy segura. Gracias por tantos cuidados. Es inútil que pasado mañana vuelva el médico. ¡Quiero morirme: es mi destino! Estoy decidida”. Y ellos, sin cesar de consolarla, repetían: “No, no diga eso”, cogiéndola de las manos y suplicándola. La enferma entonces cerraba los ojos agotada, y caía en un sopor que la hacía, parecer muerta... Los señores permanecían a su lado algún tiempo, mirando con gran compasión, a la débil luz de la lamparilla, aquella madre admirable, que había venido a servir a seis mil millas de su patria, y a morir..., ¡después de haber sufrido tanto! ¡Pobre mujer! ¡Tan honrada, tan buena y tan desgraciada...!
Al día siguiente, muy de mañana, entraba Marcos con su saco a la espalda, encorvado, tambaleándose, pero lleno de ánimo, en la ciudad de Tucumán una de las más jóvenes y florecientes de la República Argentina. Le parecía volver a ver a Córdoba, a Rosario, a Buenos Aires; eran aquellas mismas calles derechas y larguísimas, y aquellas casas bajas, blancas; pero por todas partes se veía nueva y magnífica vegetación; se notaba un aire perfumado, una luz maravillosa, un cielo límpido y profundo, como jamás lo había visto ni siquiera en Italia. Caminando por las calles, volvió a sentir la agitación febril que se había apoderado de él en Buenos Aires; miraba las ventanas y las puertas de todas las casas, se fijaba en todas las mujeres que pasaban, con la angustiosa esperanza de encontrar a su madre; hubiera querido preguntar a todos, y no se atrevía a detener a nadie. Todos, desde el umbral de sus puertas, se volvían a contemplar aquel pobre muchacho harapiento, lleno de polvo, que daba señales de venir de muy lejos. Buscaba entre las gentes una cara que le inspirase confianza, a quien dirigir aquella tremenda pregunta, cuando se presentó ante sus ojos, en el rótulo de una tienda, un nombre italiano. Dentro había un hombre con anteojos y dos mujeres. Se acercó lentamente a la puerta y con ánimo resuelto preguntó:
“¿Me sabrán decir, señores, dónde está la familia Mequínez?” “¿Del ingeniero Mequínez?”, preguntó a su vez el de la tienda. “Sí, del ingeniero Mequínez,” respondió el muchacho con voz apagada. “La familia Mequínez—dijo el de la tienda—no está en Tucumán”.
Un grito desesperado de dolor, como de persona herida de repente por artero puñal, fué el eco de aquellas palabras.
El tendero y las mujeres se levantaron; acudieron algunos vecinos. “¿Qué ocurre? ¿Qué tienes muchacho?—dijo el tendero haciéndole entrar en la tienda y sentarse—; no hay por qué desesperarse, ¡qué diablo! Los Mequínez no están aquí; pero no están muy lejos: ¡a pocas horas de Tucumán!”. “¿Dónde? ¿Dónde?”, gritó Marcos, levantándose como un resucitado. “A unas quince millas de aquí—continuó el hombre—; a orillas del Saladillo; en el sitio donde están construyendo una gran fábrica de azúcar; en el grupo de casas está la del señor Mequínez; todos lo saben, y llegarás en pocas horas”. “Yo estuve allí hace poco”, dijo un joven que había acudido al oír el grito.
Marcos se le quedó mirando, con los ojos fuera de las órbitas, y le preguntó precipitadamente, palideciendo: “¿Habéis visto a la criada del señor Mequínez, la italiana?”. “¿La genovesa? La he visto”.
Marcos rompió en sollozos convulsivos, entre risa y llanto. Luego, con impulso de violenta resolución: “¿Por dónde se va? ¡Pronto, el camino; me marcho en el acto; enseñadme el camino!”. “¡Pero si hay una jornada de marcha!—le dijeron todos a una voz—; estás cansado y debes reposar; partirás mañana”. “¡Imposible!”. “¡Imposible!—respondió el muchacho—. ¡Decidme por dónde se va: no espero ni un momento; en seguida, aun cuando me cayera muerto en el camino”.
Viendo que era irrevocable su propósito, no se opusieron más. “¡Que Dios te acompañe!—le dijeron—. Ten cuidado con el camino por el bosque”. “Buen viaje, italianito”. Un hombre le acompañó fuera de la ciudad, le indicó el camino, le dió algún consejo y se quedó mirando cómo empezaba su viaje. A los pocos minutos el muchacho desapareció, cojeando, con su baulillo a la espalda, por entre los árboles espesos que flanqueaban el camino.