La mujer prorrumpió por tres veces: “¡Dios! ¡Dios! ¡Dios mío!”. Marcos se lanzó hacia su madre, que extendía sus brazos descarnados, apretándole contra su seno como un tigre, rompiendo a reír violentamente y mezclándose a su risa profundos sollozos sin lágrimas, que le hicieron caer rendida y sofocada sobre las almohadas.
Pronto se rehizo, sin embargo, gritando como una loca, llena de alegría y besando a su hijo: “¿Cómo estás aquí? ¿Por qué? ¿Eres tú? ¡Cómo has crecido! ¿Quién te ha traído? ¿Estás solo? ¿No estás enfermo? ¡Eres tú, Marcos! ¡No es esto un sueño! ¡Dios mío! ¡Háblame!”. Luego, cambiando de tono repentinamente: “¡No! ¡Calla! ¡Espera!”. Y volviéndose hacia el médico: “Pronto, en seguida, doctor. Quiero curarme. Estoy dispuesta. No pierda un momento. Llévense a Marcos para que no sufra; Marcos mío, no es nada! Ya me contarás todo. ¡Dame otro beso! ¡Vete! Heme aquí, doctor”.
Sacaron a Marcos de la habitación. Los amos y criados salieron en seguida, quedando sólo con la enferma el cirujano y el ayudante, que cerraron la puerta. El señor Mequínez intentó llevarse a Marcos a una habitación lejana; fué imposible; parecía que le habían clavado en el pavimento.
“¿Qué es?—preguntó. ¿Qué tiene mi madre? ¿Qué le están haciendo?”. Entonces Mequínez, bajito e intentando siempre llevárselo de allí: “Mira, oye; ahora te diré; tu madre está enferma; es preciso hacerla una sencilla operación; te lo explicaré todo; ven conmigo”. “No—respondió el muchacho—; quiero estar aquí. Explíquemelo aquí”.
El ingeniero amontonaba palabras y más palabras, y tiraba de él para sacarlo de la habitación; el muchacho comenzaba a espantarse, temblando de terror. Un grito agudísimo, como el de un herido de muerte, resonó de repente por toda la casa. El niño respondió con otro grito horrible y desesperado:
“¡Mi madre ha muerto!”. El médico se presentó en la puerta y dijo: “Tu madre se ha salvado”. El muchacho le miró un momento, arrojándose luego a sus pies, sollozando: “¡Gracias, doctor!”. Pero el médico le hizo levantar, diciéndole: “¡Levántate...! ¡Eres tú, heroico niño, quien ha salvado a tu madre!”.
VERANO
Miércoles 24.—Marcos el genovés es el penúltimo pequeño héroe con quien haremos conocimiento por este año; no queda más que otro para el mes de junio. No restan más que dos exámenes mensuales, veintiséis días de lección, seis jueves y cinco domingos. Se percibe ya la atmósfera de fin de año. Los árboles del jardín, cubiertos de hojas y flores, dan hermosa sombra sobre los aparatos de gimnasia. Los alumnos van ya todos vestidos de verano. Da gusto presenciar la salida de las clases. ¡Qué distinto es todo de los meses pasados! Las cabelleras, que llegaban hasta tocar en los hombros, han desaparecido: todas las cabezas están rapadas; se ven cuellos y piernas desnudas; sombreros de paja de todas formas, con cintas que cuelgan sobre las espaldas; camisas y corbatas de todos colores; todos los más pequeñitos siempre llevan algo rojo o azul, bien alguna cinta, un ribete, una borla o aunque sea puramente un remiendo de color vivo, pegado por la madre, para que haga bonito a la vista, hasta los más pobres; muchos vienen a la escuela sin sombrero, como si se hubiesen escapado de casa. Otros llevan el traje claro de gimnasia. Hay un muchacho de la clase de la maestra Delcato, que va vestido de encarnado de pies a cabeza, como un cangrejo cocido. Varios llevan trajes de marinero. Pero el más hermoso, sin disputa, es el albañilito, que usa un sombrerote de paja, tan grande, que parece una media vela con su palmatoria, y, como siempre, no es posible contener la risa al verle poner el hocico de liebre allí bajo su sombrero. Coreta también ha dejado su gorra de piel de gato, y lleva una gorrilla de viaje, de seda. Votino tiene un traje escocés, y, como siempre, muy atildado. Crosi va enseñando el pecho desnudo. Precusa desaparece bajo los pliegues de una blusa azul turquí, de maestro herrero. ¿Y Garofi? Ahora que ha tenido que dejar el capotón bajo el cual escondía su comercio, le quedan bien al descubierto todos sus bolsillos, repletos de toda clase de baratijas, y le asoman las puntas de los billetes de sus rifas. Ahora todos dejan ver bien lo que llevan: abanicos hechos con medio periódico y pedazos de caña, flechas para disparar contra los pájaros, hierba y otras cosas que asoman por los bolsillos, y van cayéndose paso a paso de las chaquetas. Muchos de los chiquillos traen ramitos de flores para las maestras. También éstas van vestidas de verano, con colores alegres, excepción hecha de la monjita que siempre va de negro, y la maestrita de la pluma roja, que la lleva siempre, y un lazo color de rosa al cuello, enteramente ajado por las manitas de sus alumnos, que siempre la hacen reír y correr tras ellos. Es la estación de las cerezas, y de las mariposas, de las músicas por las calles y de los paseos por el campo; muchos de cuarto año se escapan ya a bañarse en el Po; todos sueñan con las vacaciones; cada día salimos de la escuela más impacientes y contentos que el día anterior. Sólo me da pena el ver a Garrón de luto, y a mi pobre maestra de primer año, que cada vez está más consumida, más pálida y tosiendo con más fuerza. ¡Camina ya enteramente encorvada, y me saluda con una expresión tan triste...!
POESÍA
Viernes 26.—“Comienzas a comprender la poesía de la escuela, Enrique; pero por ahora no ves la escuela más que por dentro; te parecerá mucho más hermosa y poética dentro de treinta años, cuando vengas a acompañar a tus hijos, y entonces la verás por fuera como yo la veo. Esperando la hora de salida, voy y vuelvo por las calles silenciosas que hay en derredor del edificio, y acerco mi oído a las ventanas de la planta baja, cerradas con persianas. En una ventana oigo la voz de una maestra que dice: ‘¡Ah! ¡Qué rasgo de t! No está bien, hijo mío. ¿Qué diría de él tu padre...!’. En la ventana inmediata se oye la gruesa voz de un maestro que dicta con lentitud: ‘Compró cincuenta metros de tela... a cuatro liras cincuenta céntimos el metro..., los volvió a vender...’. Más allá la maestrita de la pluma roja lee en alta voz: ‘Entonces, Pedro Mica, con la mecha encendida...’. De la clase próxima sale como un gorjeo de cien pájaros, lo cual quiere decir que el maestro ha salido fuera un momento. Voy más adelante, y a la vuelta de la esquina oigo que llora un alumno y la voz de la maestra que reprende, al par que consuela. Por otras ventanas llegan a mis oídos versos, nombres de grandes hombres, fragmentos de sentencias que aconsejan la virtud, el amor a la patria, el valor. Siguen después instantes de silencio, en los cuales se diría que el edificio estaba vacío; parece imposible que allí dentro haya setecientos muchachos; de pronto se oyen estrepitosas risas, provocadas por una broma de algún maestro de buen humor... La gente que pasa se detiene a escuchar, y todos vuelven una mirada de simpatía hacia aquel hermoso edificio que encierra tanta juventud y tantas esperanzas.