“Se oye luego, de improviso, un ruido sordo, un golpear de libros y de carteles, un roce de pisadas, un zumbido que se propaga de clase en clase y de lo bajo a lo alto, como al difundirse de improviso una buena noticia: es el bedel que va a anunciar la hora. A este murmullo, una multitud de hombres, de mujeres, de muchachos y de jovenzuelos, se aprieta a uno y otro lado de la salida para esperar a los hijos, a los hermanos, a los nietecillos; entretanto, de las puertas de las clases se deslizan en el salón de espera, como a borbotones, grupos de muchachos pequeños, que van a coger sus capotitos y sombreros, haciendo con ellos revoltijos en el suelo y brincando alrededor, hasta que el bedel los vuelve a hacer entrar uno por uno en clase. Finalmente, salen largas filas marcando el paso. Entonces comienza de parte de los padres una lluvia de preguntas: ‘¿Has sabido la lección?’. ‘Cuánto trabajo te han puesto?’. ‘¿Qué tenéis para mañana?’. ‘¿Cuándo es el examen mensual?’. Y hasta las pobres madres que no saben leer, abren los cuadernos, miran los problemas y preguntan los puntos que han tenido. ‘¿Solamente ocho?’. ‘¿Diez, con sobresaliente?’. ‘¿Nueve de lección?’, y se inquietan y se alegran, y preguntan a los maestros, y hablan de programas y de exámenes. ¡Qué hermoso es todo esto, cuán grande y qué inmensa promesa para el mundo!—Tu padre”.

LA SORDOMUDA

Domingo 28.—No podía concluir mejor el mes de mayo que con la visita de esta mañana. Oímos un campanillazo, corremos todos. Oigo a mi padre que dice maravillado: “¿Usted aquí, Jorge?”. Era Jorge, nuestro jardinero de Chieri, que ahora tiene su familia en Condove, que acababa de llegar entonces de Génova, donde había desembarcado el día antes de vuelta de Grecia, después de estar tres años trabajando en las vías férreas. Traía un gran fardo en sus brazos. Está un poco envejecido, pero conserva la cara colorada y jovial de siempre.

Mi padre quería que entrase, pero él se negó, y poniéndose serio, preguntó: “¿Cómo va mi familia? ¿Cómo está Luisa?”. “Hace pocos días estaba bien”, respondió mi madre. Jorge dió un gran suspiro. “¡Oh! ¡Dios sea alabado! ¡No tenía valor para presentarme en el Colegio de Sordomudos sin noticias de ella. Aquí dejo el saco y voy a recogerla. ¡Tres años hace que no veo a mi pobre hija! ¡Tres años que no veo a ninguno de los míos!”. Mi padre me dijo: “Acompáñale”. “Perdone: una palabra más”, interrumpió el jardinero desde el descansillo de la escalera. Pero mi padre le dijo: “¿Y los negocios?”. “Bien—respondió—, gracias a Dios; he traído algunos cuartos. Pero quería preguntar: ¿cómo va la instrucción de la mudita? Dígame algo. Cuando la dejé parecía más bien un pobre animalillo; ¡infeliz criatura! Yo tengo poca fe en estos colegios. ¿Ha aprendido a hacer los signos? Mi mujer me escribía: ‘Aprende a hablar; hace progresos’. Pero yo me decía: ‘¿Qué importa que ella aprenda a hablar si yo no sé hacer los signos? ¿Cómo haremos para entendernos, pobre chiquitina?’. Eso es más para que se entiendan entre ellos mismos, un desgraciado con otro desgraciado. ¿Qué tal va, pues? ¿Qué tal va?”. Mi padre le respondió sonriéndose: “No le digo nada; ya lo verá. Vaya, vaya; no le quitéis vosotros ni un minuto más”. Salimos; el Instituto está cerca. Por el camino, andando a paso largo, el jardinero me hablaba y se iba poniendo cada vez más triste. “¡Ah, pobre Luisa mía! ¡Nacer con esta desgracia! Decir que jamás la he oído llamarme padre, y que ella jamás ha oído llamarse hija, y que nunca ha dicho ni oído una palabra! Y gracias que hemos encontrado un señor caritativo que ha hecho los gastos del colegio. Pero... antes de los ocho años no ha podido ir. Tres años hace que no está en casa. Está en los once ahora. ¿Está crecida, dígame, está crecida? ¿Tiene buen humor?”. “Ahora verá usted, ahora verá usted”, le respondí apresurando el paso. “Pero ¿dónde está ese Instituto?—pregunto—. Mi mujer fué quien la acompañó cuando yo había ya marchado. Me parece que debe estar hacia este lado”. Precisamente, habíamos llegado. Entramos en seguida en el locutorio. Vino a nuestro encuentro un mozo. “Soy el padre de Luisa Vogi—dijo el jardinero—; mi hija, en seguida, en seguida”. “Están en el recreo—respondió el empleado—; voy a decírselo a la maestra”. Y se fué.

El jardinero ya no podía ni hablar ni estarse quieto; se ponía a mirar los cuadros de las paredes, sin ver nada. Se abrió la puerta; entró una maestra vestida de negro, con una muchacha de la mano.

Padre e hija se miraron un momento, y luego se estrecharon en interminables abrazos.

La muchacha iba vestida de tela rayada blanca y encarnada con delantal gris. Está más alta que yo. Lloraba y tenía a su padre apretado del cuello con ambos brazos.

Su padre se desligó y se puso a mirarla de pies a cabeza, con el llanto en los ojos y tan agitado como si acabase de dar una gran carrera, y exclamó: “¡Ah! ¡Cómo ha crecido! ¡Qué hermosa se ha puesto! ¡Oh, mi querida, mi pobre Luisa! ¡Mi pobre mudita! ¿Es usted, señora, la maestra? Dígale usted que me haga los signos, que algo comprenderé, y poco a poco iré aprendiendo. Dígale que me haga comprender alguna cosa con los gestos”. La maestra sonrió, y dijo en voz baja a la muchacha: “¿Quién es ese hombre que ha venido a buscarte?”. Y la muchacha, con una voz gruesa, extraña, destemplada, como si fuera salvaje que hablase por vez primera nuestra lengua, pero pronunciando claro y sonriéndose, respondió: “Es mi padre”. El jardinero dió un paso atrás y comenzó a gritar como un loco: “¡Habla! ¡Pero es posible! ¡Pero es posible! ¿Habla? Pero, ¿hablas tú, niña mía, hablas? Dime, ¿hablas?”. Volvió a abrazarla, besándola cien veces en la frente. “Pero ¿no hablan con los gestos, señora maestra; no hablan con los dedos, así? Pero ¿qué es esto?”. “No, señor Vogi—respondió la maestra—; no es con gestos. Ése era el método antiguo. ¡Aquí se enseña por el método nuevo, por el método oral! ¡Cómo!, ¿no lo sabía?”. “¡Yo no sabía nada!, respondió el jardinero confuso—. ¡Hace tres años que estoy fuera! Quizá me lo han escrito y no lo he entendido. Tengo una cabeza de piedra... ¡Oh, hija mía, tú me comprendes, por consiguiente! ¿Oyes lo que te digo?”. “No, buen hombre—dijo la maestra—; la voz no la oye, porque es sorda. Ella comprende por los movimientos de nuestra boca, cuáles son las palabras que se le dicen; pero no oye las palabras de usted ni tampoco las que ella le dice; las pronuncia porque la hemos enseñado, letra por letra, cómo debe ir disponiendo los labios y cómo debe mover la lengua; qué esfuerzo debe hacer con el pecho y con la garganta para echar fuera la voz”. Él jardinero no comprendió, y se estuvo con la boca abierta. Aún no lo creía. “Dime, Luisa, preguntó a su hija hablándole al oído—: ¿estás contenta de que tu padre haya vuelto?”. Levantando la cabeza, se puso a esperar la respuesta.

La muchacha le miró pensativa y no dijo nada.

El padre permaneció turbado.