Entre los viajeros de tercera clase a proa se contaba un muchacho italiano, de doce años aproximadamente, pequeño para su edad, pero robusto: un hermoso rostro de siciliano, audaz y severo. Estaba solo, cerca del palo trinquete, sentado sobre un montón de cuerdas, al lado de una maletilla usada que contenía su equipaje, y sobre la cual se apoyaba.
Tenía el rostro moreno y el cabello negro y rizado, que casi le caía sobre la espalda. Estaba vestido pobremente, con una manta destrozada sobre los hombros y una vieja bolsa de cuero colgada.
Miraba a su alrededor pensativo, a los pasajeros, al barco, a los marineros que pasaban corriendo y al inquieto mar.
Tenía el aspecto de un muchacho que acababa de experimentar una gran desgracia de familia: cara de niño y expresión de hombre. Poco después de la salida, uno de los marineros, un italiano, con el cabello gris, apareció a proa conduciendo de la mano una muchacha y parándose delante del pequeño siciliano, le dijo: “Aquí tienes una compañera de viaje, Mario”. Después se marchó. La muchacha se sentó sobre el montón de cuerdas, al lado del chico. Se miraron. “¿Adónde vas?”, le preguntó el siciliano. La muchacha respondió: “A Malta, por Nápoles”. Después añadió: “Voy a reunirme con mi padre y mi madre, que me esperan; me llamo Julia Fagiani”. El muchacho permaneció callado. Después de algunos minutos, sacó de la bolsa pan y frutas secas; la chica tenía bizcochos; comieron. “¡Alegría!—gritó el marinero italiano pasando rápidamente—. ¡Ahora empieza una danza!”.
El viento crecía y el barco cabeceaba con fuerza. Pero los dos muchachos, que no se mareaban, no tenían miedo. La muchacha sonreía. Representaba casi la misma edad que su compañero; pero era más alta, morena, delgada, algo enfermiza y vestida más que modestamente. Tenía el cabello cortado y recogido, un pañuelo encarnado alrededor de la cabeza, y en las orejas zarcillos de plata.
Mientras comían, se contaban sus asuntos. El muchacho no tenía ni padre ni madre. Su padre, trabajador, había muerto en Liverpool pocos días antes, dejándolo solo, y el cónsul italiano lo había mandado a su país, a Palermo, donde le quedaban parientes lejanos. La muchacha había sido conducida a Londres el año antes con una tía viuda que la quería mucho, y a la cual sus padres (que eran pobres), se la habían dejado por algún tiempo, confiados en la promesa de la herencia; pero pocos meses después la tía había muerto aplastada por un vehículo, sin dejar un céntimo; y entonces también ella había recurrido al cónsul que la había embarcado para Italia. Los dos habían sido recomendados al marinero italiano. “Así—concluyó la niña—mi padre y mi madre creían que volvería rica, y, al contrario, vuelvo pobre. Pero me quieren mucho de todas maneras, y mis hermanos también. Cuatro tengo, todos pequeños; yo soy la mayor de casa, y los visto. Tendrán mucha alegría al verme. Entraré de puntillas... ¡Qué malo está el mar!”. Después le preguntó al muchacho: “¿Y tú? ¿Vas a vivir con tus parientes?”. “¿Sí...? si quieren”, respondió. “¿No te quieren bien?”. “No lo sé”. “Yo cumplo trece años en Navidad”, dijo la muchacha. Luego empezaron a charlar del mar y de la gente que había alrededor. Todo el día estuvieron reunidos, cambiando de cuando en cuando alguna palabra. Los pasajeros creían que eran hermano y hermana. La niña hacía media; el muchacho meditaba. El mar seguía picado. Por la noche, en el momento de separarse, para ir a dormir, la niña dijo a Mario: “Que duermas bien”. “¡Nadie dormirá bien, pobres niños!”, exclamó el marinero italiano, al pasar corriendo llamado por el capitán. El muchacho iba a responder a su amiga: “Buenas noches”, cuando un golpe inesperado de mar lo lanzó con violencia contra un banco. “¡Madre mía...! ¡Que se ha hecho sangre ...!”, gritó la chica, echándose sobre él.
Los pasajeros que escapaban para abajo, no hicieron caso. La niña se arrodilló junto a Mario, que estaba aturdido de la contusión; le lavó la frente, que sangraba, y quitándose el pañuelo rojo, se lo ató alrededor de la cabeza, y al estrechar la frente contra su pecho para anudar las puntas del pañuelo atrás, le quedó una mancha de sangre en el vestido amarillo, sobre el cinturón. Mario se repuso y se levantó. “¿Te sientes mejor?”, preguntó la muchacha. “Ya no tengo nada”, contestó. “Duerme bien”, dijo Julia. “Buenas noches”, respondió Mario. Y bajaron, por dos escaleras próximas, a sus respectivos dormitorios.
El marinero había acertado en su augurio. No se habían dormido aún cuando se desencadenó horrorosa tormenta.
Fué como un asalto inesperado de tremendas olas, que en pocos momentos despedazaron un palo y se llevaron tres de las barcas sujetas a la grúa y cuatro bueyes que estaban a proa, como si hubieran sido hojas secas. En el interior del buque reinaba confusión y espanto indescriptibles: un ruido, una batahola de gritos, de llantos y de plegarias, que hacían erizar el cabello. La tempestad fué aumentando su furia toda la noche. Al amanecer creció más. Las olas formidables, azotando el barco de través, rompían sobre cubierta y destrozaban, barrían, revolvían en el mar todas las cosas.
La plataforma que cubría la máquina se rompió, y el agua se precipitó dentro con estrépito terrible; los fuegos se apagaron, los maquinistas huyeron, grandes arroyos impetuosos penetraron por todas partes. Una voz fuerte gritó: “¡A la bomba!”. Era la voz del capitán. Los marineros se lanzaron a la bomba. Pero un rápido golpe de mar, rompiéndose contra el buque por detrás, destrozó parapetos y escotillas y echó dentro un torrente de agua.