Todos los pasajeros, más muertos que vivos, se habían refugiado en el salón. De allí a poco apareció el capitán. “¡Capitán!, ¡Capitán!—gritaban todos a la vez—. ¿Qué se hace? ¿Cómo estamos? ¿Hay esperanza? ¡Salvavidas!”. El capitán esperó a que todos callasen, y dijo: “Resignémonos”. Una sola mujer lanzó un grito: “¡Piedad!”.

Ninguno pudo hablar. El terror los había petrificado a todos. Mucho tiempo pasó en silencio sepulcral. Todos se miraban con el rostro blanco. El mar, horroroso, se enfurecía cada vez más. El buque cabeceaba pesadamente.

En un momento dado, el capitán intentó echar al mar una lancha de salvación: cinco marineros entraron en ella; pero las olas la volcaron, y dos de ellos se sumergieron, uno de los cuales era el italiano; los otros, con mucho trabajo, consiguieron agarrarse a las cuerdas y volver a salir. Después de esto, los mismos marineros perdieron toda esperanza. Dos horas después, el buque estaba ya sumergido en el agua hasta la altura de la borda.

Un espectáculo terrible se veía entretanto sobre cubierta. Las madres estrechaban desesperadamente entre sus brazos a sus hijos; los amigos se abrazaban y despedían; algunos bajaban a los camarotes para morir sin ver el mar. Un pasajero se disparó un tiro en la cabeza y cayó boca abajo sobre la escalera del dormitorio, donde expiró. Muchos se agarraban frenéticamente unos a otros; algunas mujeres se retorcían en convulsiones horribles. Otras estaban arrodilladas junto a un sacerdote. Se oía un coro de sollozos, de lamentos infantiles, de voces agudas y extrañas, y se veían por algunos lados personas inmóviles como estatuas, estúpidas, con los ojos dilatados y sin vista, con rostro de muertos y de locos. Los dos muchachos, Mario y Julia, agarrados a un palo del buque, miraban al mar con los ojos fijos, como insensatos.

El mar se había aquietado un poco; pero el barco continuaba hundiéndose lentamente. No quedaban más que pocos minutos. “¡La chalupa al agua!”, gritó el capitán. Una chalupa, la última que quedaba, fué botada al mar, y catorce marineros y tres pasajeros bajaron. El capitán permaneció a bordo. “¡Baje con nosotros!”, gritaron de la barca. “Yo debo morir en mi puesto”, respondió el capitán. “Encontraremos un barco—le gritaron los marineros—; nos salvaremos. Baje. Está perdido”. “Yo me quedo”. “¡Todavía hay un sitio!—gritaron entonces los marineros volviéndose a los otros pasajeros—. ¡Una mujer!”. Una mujer avanzó sostenida por el capitán; pero cuando vió la distancia a que se encontraba la chalupa, no tuvo valor de dar el salto y cayó sobre cubierta. Las otras mujeres estaban casi todas desmayadas y como muertas. “¡Un muchacho!”, gritaron los marineros.

A aquel grito, el muchacho siciliano y su compañera, que habían permanecido hasta entonces petrificados por sobrehumano asombro, despertados de pronto por el instinto de la vida, se soltaron al mismo tiempo del palo y se lanzaron al borde del buque, exclamando a una: “¡Yo!”, procurando el uno echar atrás al otro recíprocamente, como dos fieras furiosas: “¡El más pequeño!—gritaron los marineros—. ¡La barca está muy cargada! ¡El más pequeño!”.

Al oír aquella palabra, la muchacha, como herida del rayo, dejó caer los brazos y permaneció inmóvil, mirando a Mario con los ojos apagados.

Mario la miró un momento, la vió la mancha de sangre sobre el pecho, se acordó: el relámpago de una idea divina cruzó por sus ojos. “¡El más pequeño!, gritaron los marineros con imperiosa impaciencia—. ¡Nos vamos!”. Y entonces Mario, con una voz que no parecía la suya, gritó: “¡Ella es más ligera! ¡Tú, Julia! ¡Tú tienes padre y madre! ¡Yo soy solo! ¡Te doy mi sitio! ¡Anda!”. “¡Échala al mar!,” gritaron los marineros.

Mario agarró a Julia por la cintura y la echó al mar.

La muchacha dió un grito y cayó: un marinero la cogió por un brazo y la subió a la barca.