El muchacho permaneció derecho sobre la borda del buque con la frente alta, con el cabello flotando al aire, inmóvil, tranquilo, sublime.
La barca se movió, y apenas tuvo tiempo para escapar del movimiento vertiginoso del agua, producido por el buque que se hundía y que amenazaba volcarla.
Entonces la muchacha, que había estado hasta aquel momento sin sentido, alzó los ojos hacia el muchacho y empezó a llorar: “¡Adiós, querido Mario!—le gritó entre sollozos con los brazos tendidos hacia él—. ¡Adiós, adiós!”. “¡Adiós!”, respondió el muchacho levantando al cielo la mano.
La barca se alejaba velozmente sobre el mar agitado, bajo el cielo obscuro. Nadie gritaba ya sobre el buque. El agua lamía el borde de la cubierta. De pronto el muchacho cayó de rodillas con las manos juntas y con los ojos vueltos al cielo. La muchacha se tapó la cara.
Cuando alzó la cabeza, echó una mirada sobre el mar.
El buque había desaparecido.