Sábado 10
L año ha concluido, Enrique, y bueno será que te quede como recuerdo del último día la imagen del niño sublime que dió la vida por su amiga. "Ahora te vas a separar de tus maestros y de tus compañeros, y tengo que darte una triste noticia. La separación no durará sólo tres meses, sino siempre. Tu padre, por motivos de su profesión, tiene que ausentarse de Turín, y todos nosotros con él. Nos marcharemos en el próximo otoño. Tendrás que entrar en otra escuela nueva. Esto te disgusta, ¿no es verdad? Porque estoy segura de que quieres a tu antigua escuela, donde durante cuatro años, dos veces al día, has experimentado la alegría de haber trabajado; donde has visto por tanto tiempo, a la misma hora, los mismos muchachos, los mismos profesores, los mismos padres, y a tu padre y a tu madre, que te esperaban sonriendo; tu antigua escuela donde se ha desarrollado tu espíritu, donde has encontrado tantos buenos camaradas, en donde cada palabra que has oído decir tenía por objeto tu bien, y no has experimentado un disgusto que no te haya sido útil. Lleva, pues, este afecto contigo, y da un adiós del corazón a todos esos niños. Algunos serán desgraciados, perderán pronto a sus padres y a sus madres; otros morirán jóvenes; otros tal vez derramarán noblemente su sangre en las batallas; muchos serán buenos y honrados obreros, padres de familia, trabajadores y dignos como ellos, y ¡quién sabe si no habrá alguno también que prestará grandes servicios a su país y hará su nombre glorioso! Sepárate de todos afectuosamente; deja un poco de cariño en esa gran familia, en la cual has entrado niño y has salido casi jovenzuelo, y que tu padre y tu madre aman tanto porque tú has sido allí muy querido. La escuela es una madre, Enrique mío: ella te arrancó de mis brazos, hablando apenas, y ahora te me devuelve grande, fuerte, bueno, inteligente, aplicado: ¡bendita sea, y no la olvides jamás, hijo mío! ¡Oh, es imposible que la olvides! Te harás hombre, recorrerás el mundo, verás ciudades inmensas, monumentos maravillosos, y acaso te olvides de algunos de éstos; pero aquel modesto edificio blanco, con aquellas persianas cerradas y aquel pequeño jardín donde se abrió la primera flor de tu inteligencia, lo tendrás presente hasta el último día de tu vida, como yo conservo siempre en mi memoria la casa en la cual escuché tus primeros ayes la vez primera.—Tu madre”.
LOS EXÁMENES
Martes 4.—Henos aquí ya en los exámenes. Por las calles al rededor de la escuela no se oye hablar de otra cosa a chicos, padres y madres, hasta las ayas: exámenes, calificaciones, temas, suspenso, mediano, bueno, notable, sobresaliente; todos repiten las mismas palabras. Ayer mañana tocó el examen de composición, hoy el de aritmética. Era conmovedor ver a todos los padres conduciendo a sus hijos a la escuela, dándoles los últimos consejos por la calle, y a muchas madres que los llevaban hasta las bancas para mirar si había tinta en el tintero, probar si la pluma escribía bien, y se volvían todavía desde la puerta para decir: “¡Ánimo! ¡Valor! ¡Cuidado!”. Nuestro maestro examinador era Coato, aquél de las barbazas negras que ruge como un león y que jamás castiga. Se veían caras de muchachos, blancas como el papel. Cuando el maestro rompió el sobre del oficio del Ayuntamiento mandando el problema que debía servir de tema para el examen, no se oía ni una mosca. Dictó el problema en alta voz, mirando ya a uno, ya a otro, con miradas severas; pero se comprendía que si hubiera podido dictar al mismo tiempo la solución para que todos hubiesen sido aprobados, lo habría hecho de buena gana. Después de una hora de trabajo, muchos empezaron a desesperarse, porque el problema era difícil. Uno lloraba. Crosi se daba golpes en la cabeza. Y muchos no tienen culpa de no saber; ¡pobres chicos!, pues no han tenido mucho tiempo para estudiar, y los han descuidado los padres. ¡Pero había una providencia! Había que ver el trabajo que se daba Deroso para ayudar a todos, para hacer pasar de mano en mano una cifra y una operación, sin que lo descubriesen, interesado por unos y por otros, como si fuese nuestro propio maestro. También Garrón, que está fuerte en aritmética, ayudaba al que podía, hasta a Nobis, que, encontrándose apurado, se había vuelto cortés. Estardo estuvo más de una hora inmóvil, sin pestañear, sobre el problema, con los puños en las sienes y los codos en la banca, y después hizo todo en cinco minutos. El maestro daba vueltas por entre los bancos diciendo: “¡Calma! ¡Calma! No hay que precipitarse”. Y cuando veía a alguno descorazonado, para darle ánimos y hacerle reír, abría la boca, imitando al león, como si fuese a tragárselos. Hacia las once, mirando a través de las persianas, vi muchos padres impacientes que se paseaban; entre otros, el de Precusa, con su blusa azul, que había dado una escapada de la fragua y que traía la cara negra. También distinguí a la madre de Crosi, la verdulera; la de Nelle, vestida de negro y que no se podía estar quieta. Poco antes de las doce llegó mi padre y alzó los ojos a la ventana donde yo caía: ¡pobre padre mío! A las doce en punto todos habíamos concluido. Era de ver la salida. Todos venían al encuentro de nosotros, preguntándonos, hojeando los cuadernos, confrontando los trabajos: “¡Cuántas operaciones! ¿Cuál es el total? ¿Y la substracción? ¿Y la respuesta? ¿Y la coma de los decimales?”. Los profesores iban y venían llamados de cien partes. Mi padre me arrancó de las manos el borrador, miró y dijo: “¡Está bien!”. A nuestro lado estaba el herrero Precusa, que también miraba el trabajo de su hijo, algo inquieto, y que no acababa de comprenderlo. Se volvió a mi padre y le preguntó: “¿Quiere usted hacerme el favor de decirme la cifra total?”. Mi padre se la dijo: miró la de su chico, y era la misma. “¡Bravo, pequeñín!”, exclamó en un rapto de alegría; él y mi padre se miraron un momento, sonrientes, como dos buenos amigos. Mi padre le alargó la mano, él se la apretó, y se separaron diciendo: “Ahora al ejercicio oral; ya se ha pasado el escrito”. “Eso es, al ejercicio oral”. A poco oímos una voz de falsete que nos hizo volver la cabeza. Era el herrero Precusa que se alejaba cantando.
EL ÚLTIMO EXAMEN
Viernes 7.—Esta mañana se verificó el examen oral. A las ocho estábamos todos en clase; a las ocho y cuarto empezaron a llamarnos de cuatro en cuatro para ir al salón de actos, donde, detrás de una gran mesa cubierta con tapete verde, estaban sentados el director y cuatro profesores, uno de ellos el nuestro. Yo fuí de los primeros. ¡Pobre maestro! ¡Cómo me he penetrado hoy de que nos quiere de veras! Mientras nos preguntaban los demás, él no nos quitaba la vista de encima; se turbaba cuando dudábamos, se serenaba cuando respondíamos bien: no perdía sílaba y no cesaba de hacernos señas con las manos y la cabeza para decirnos: “¡Bien, no, fíjate, valor, más despacio, ánimo!”. Nos habría apuntado letra por letra si en su mano estuviese hacerlo. Si en su sitio hubiesen estado sentados, uno después del otro, todos los padres de los alumnos, no habrían hecho más. De buena gana, le hubiese gritado “gracias” diez veces delante de todos durante el examen. Y cuando los otros profesores me dijeron: “Está bien; ve con Dios”, vi que le brillaban los ojos de alegría. Volví a la clase a esperar a mi padre. Todavía estaban allí casi todos. Me senté al lado de Garrón. No estaba ni pizca alegre. Yo pensaba que era la última hora que íbamos a pasar juntos. Aún no le había dicho que no seguiría con él en la cuarta clase al año siguiente, porque tenía que salir de Turín con mi familia. Él no sabía palabra. Estaba allí acurrucado como siempre, pues apenas cabía entre el banco y la banca, con su cabezota inclinada sobre una fotografía de su padre, en la cual estaba pintando adornos alrededor del retrato, y en el que aparece vestido de maquinista un hombre alto y grueso, con cuello de toro y aspecto serio y honrado como el hijo; y mientras estaba allí con la cabeza baja, reparé que se le veía por entre la camisa entreabierta la cruz al cuello que le regaló la madre de Nelle cuando supo que protegía a su hijo. Pero era preciso que yo le anunciase que me iba, y le dije: “Garrón, este otoño mi padre se marcha de Turín para siempre”. Me preguntó si yo también me marchaba; le respondí que sí. “¿No seguirás entonces el cuarto año con nosotros?”. “No”. Y al punto se quedó suspenso unos instantes, y luego continuó dibujando. Después me preguntó sin levantar la cabeza: “¿Te acordarás de tus compañeros de tercer año?”. “Sí, de todos; pero de ti... mucho más: ¿quién se puede olvidar de ti?”. Se me quedó mirando fijo y serio, con una mirada que decía mil cosas, y no dijo nada. Solamente me alargó la mano izquierda por debajo del banco, fingiendo que seguía dibujando con la derecha. Yo le cogí aquella mano fuerte y leal, y se la estreché entre las mías. En aquel instante entró de prisa el maestro, encarnado como la grana, y balbuceó en voz baja y rápida y en tono alegre: “Bravo; hasta ahora todo va bien; que sigan así los que faltan; bravo, muchachos, valor; estoy muy contento!”. Y para mostrar su alegría y animarnos, al salir corriendo hizo como que tropezaba y se agarró a la pared como para no caer... ¡Él!, a quien no habíamos visto reír en todo el año, procuraba distraernos y hacernos reír. La cosa nos pareció tan rara, que, en lugar de reír, todos se quedaron asombrados; todos sonrieron, pero ninguno se rió. Y bien; yo no sé por qué, me produjo pena y ternura a un tiempo aquel acto de alegría de chiquillo. Aquel momento de locura alegre era todo su premio, el premio de nueve meses de bondad, de paciencia y hasta de disgustos. ¡Para aquel resultado satisfactorio había venido tantas veces enfermo a dar clase nuestro pobre maestro! ¡Aquello, y no más que aquello, nos pedía a nosotros en cambio de tanto afecto y de tantos cuidados! Y ahora me parece que lo veré siempre en aquella postura de chicuelo revoltoso, cuando me acuerde de él por espacio de muchos años. Y si cuando sea hombre vive todavía, y nos encontramos, se lo diré, le recordaré aquel acto que tan hondo me tocó en el corazón, y besaré sus venerables canas.
¡ADIÓS!
Lunes 10.—Pasada la hora de la queda, nos volvimos todos a reunir por última vez en la escuela para saber el resultado de los exámenes y recoger las certificaciones. La calle rebosaba de padres, que también habían invadido el salón de actos, y muchos hasta se metieron en las aulas, empujándose, alrededor de la mesa del profesor. En mi clase ocupaban a lo largo de las paredes todo el espacio libre entre éstas y los bancos. Estaban el padre de Garrón, la madre de Deroso, el herrero Precusa, Coreta, la señora Nelle, la verdulera, el padre del albañilito, el de Estardo, y otros que nunca había visto yo. Por todas partes se percibían rumores como si estuviésemos en medio de la plaza. Entró el maestro, e inmediatamente reinó profundo silencio. Tenía en la mano la lista, y comenzó a leer muy rápido, por orden alfabético: “Fulano, aprobado; Zutano, notable; el otro, bueno; el de más allá, mediano; el albañilito, aprobado; Crosi, aprobado; Deroso, sobresaliente, con el primer premio”. Todos los padres que le conocían, exclamaban: “¡Bravo, Deroso, bravo!”, y él, instintivamente, movió su linda cabecita, sacudiendo sus hermosos cabellos rubios como un león, y sonriendo con su aire desenvuelto y bello, miró a su madre, que le saludó con la mano, Garrón, Garofi, el calabrés, bueno; después, tres o cuatro seguidos suspensos, y uno se echó a llorar porque su padre, que estaba en la puerta, le amenazaba. Pero el maestro, que lo advirtió, se dirigió al padre y le dijo: “Dispense usted; no, señor; no siempre es toda la culpa del alumno; entra por mucho, en ocasiones, la desgracia, y éste es un caso”. Luego siguió leyendo: “Nelle, bueno”. Su madre le envió un beso con el abanico. Estardo era aprobado con notable; pero al escuchar tan bella calificación, ni siquiera se estremeció, ni se movió, ni levantó los codos de la banca, ni movió los puños de las sienes. El último fué Votino, que venía elegantemente vestido y muy bien peinado; aprobado. Terminada la lista, el maestro se levantó y dijo: “Ésta es la última vez que nos encontramos reunidos. Hemos estado juntos un año, y ahora nos separamos como buenos amigos, ¿no es cierto? Siento separarme de vosotros, queridos hijos...”. Se interrumpió un poco, y continuó: “Si alguna vez me ha faltado la paciencia; si alguna vez, sin querer, he sido injusto o demasiado severo, perdonadme”. “¡No, no!—exclamaron a una, muchos padres y muchos escolares—. ¡No, señor profesor; nunca jamás!”. “Dispensadme—repitió el maestro—y no dejéis de quererme. El año venidero no estaréis ya conmigo, pero os veré de vez en cuando y permaneceréis de todas maneras en mi corazón. ¡Hasta la vista, pues, muchachos!”. Dicho lo cual adelantó hacia nosotros, y todos le extendían la mano, empinándose, subiéndose en los bancos, cogiéndole por los faldones, reteniéndole por los brazos. Muchos le abrazaron y hasta lo besaron, y gritaron cincuenta voces: “¡Hasta la vista, señor profesor! ¡Gracias, señor maestro; que se acuerde usted de nosotros...!”. Cuando salí parecía extraordinariamente conmovido. Abandonamos la calle en pelotón. De las otras aulas también salían otros. Era una confusión indescriptible de saludos a maestros y a profesoras, y de despedidas mutuas entre alumnos. La maestra de la pluma encarnada tenía cuatro o cinco niñas encima, y lo menos veinte alrededor, que no la dejaban respirar. A la monjita le habían destrozado el sombrero a fuerza de abrazos, y la tenían convertida en un jardín, pues por entre los botones del traje le colocaron una docena de ramitos de flores, y hasta en los bolsillos. Muchos festejaban a Roberto, que precisamente en aquel día había tirado las muletas. Por todos lados se escuchaba: “¡Hasta el año que viene! ¡Hasta el veinte de octubre! ¡Hasta la vista por Todos los Santos...!”. ¡Ah! ¡Cómo se olvidan en aquel momento los sinsabores y disgustos pasados! Votino, que siempre tuvo tantos celos de Deroso, fué el primero en buscarlo con los brazos abiertos. Yo di el último estrecho abrazo al albañilito, precisamente en el instante en que ponía por última vez el hocico de liebre... ¡Pobre chico! Saludé a Precusa, a Garofi, que me dijo había ganado un premio en la posterior rifa, y que me regaló un prensapapeles de mayólica, roto por una esquina, y a derecha e izquierda distribuí apretones de manos. Fué digno de ver cómo Nelle se abrazó a Garrón, que no había medio de que se desprendiese de él, y todos rodearon a Garrón, gritando: “¡Adiós, Garrón; hasta la vista”, y Garrón por acá, Garrón por allá; uno le toca, otro le tira de un brazo a aquel bendito muchacho. Su padre estaba allí, admirado, contento y conmovido. A Garrón fué el último a quien abracé ya en la calle, y tuve que sofocar un sollozo contra su pecho; él me besó en la frente. Después corrí hacia mi padre y mi madre, que me esperaban. Mi padre me preguntó si me había despedido de todos. Respondí afirmativamente. “Si hay alguno con el cual no te hayas portado bien en cualquiera ocasión, ve a buscarle y a pedirle que te perdone. ¿Hay alguien?”. “Nadie, ninguno”, contesté. “Bueno; entonces, vamos”. Y añadió mi padre con voz conmovida, mirando por ultima vez a la escuela: “¡Adiós!”. Y repitió mi madre: “¡Adiós!”.
Y yo... yo no pude decir nada.