—Salud al señor attorney, le contesté con balbuciente voz. Podré saber lo que me proporciona el honor de veros.

—Pues no hay mas, querido doctor, repuso él con una voz burlona, sino que sois un personaje! Vedos en el camino de la grandeza! Vuestros mismos adversarios se inclinan ante vuestro talento y fortuna. Qué pueden decir ahora vuestros envidiosos?

—No entiendo una palabra de lo que me decis, Fox; qué me quereis?

—Yo, me contestó cerrando un ojo, no quiero nada; digo simplemente que del Capitolio á la roca Tarpeya no hay mas que un paso.

Despues de esta máxima banal, echóse en un sofá, abrió su caja de rapé, respiró lentamente una narigada, y sacudió unas cuantas veces algunos polvos que habian caido sobre su chaleco. En seguida, cruzando las piernas y levantando hácia mi su puntiagudo hocico, púsose á mirarme, silenciosamente, con el aire de una garduña que espera un conejo.

Intrigado de este manejo, levantéme:

—Tened la bondad de hablar claro, le dije. Qué os trae á mi casa?

—Una bagatela, me contestó, estirándose en su sitio cuan largo era y haciendo dar vuelta sus pulgares; una verdadera bagatela. Una pequeña demanda de 500 dollars.[49].

—Yo no os debo nada, asi lo creo al menos, repuse á mi vez, muy asombrado de aquella pretension.

—Sin duda, querido doctor; á mi no me debeis nada, pero á mi cliente es otra cosa.