Sentado en la ventana, entreteníame en ver á la ciudad salir de su sueño. Lecheros, carboneros, carniceros, y especieros corrian por las calles, y bajando al piso subterráneo por la escalera exterior hacian el servicio de cada casa sin incomodar á sus habitantes. Habríase dicho que todo estaba calculado para que nada turbára el santuario en que reposaba el dueño de casa. La morada de un francés es un cuarto de posada: en él entra quien quiere; el home de un sajon es una fortaleza, defendida con cuidadoso celo contra los importunos y los curiosos. Es un hogar, en el sentido sagrado y misterioso de esta vieja palabra, importada de Oriente.
Mientras admiraba la calzada, barrida y regada ya por mis cantoneros, un cabriolé tirado por un lijero caballo, llegó cerca de mí metiendo gran ruido. Me han gustado siempre los caballos, y asi seguia con los ojos, el aire altivo del troton americano, cuando derrepente el animal se aplastó. Del fondo del cabriolé, y como lanzado á todo vapor, salió un enorme sombrero, pasando como una flecha por sobre las orejas del corcel y en pos de él un hombrecito, envuelto en una larga levita. Era el amigo Seth, perseguido sin duda por los manes del perro que habia hecho asesinar.
—Marta, esclamé, sacando la cabeza por la ventana. Marta, agua, vinagre; corred, yo bajo.
Cuando llegué á la calle, el hombre ya se habia levantado y sacudido; pasóse las manos á lo largo del cuerpo, para asegurarse que no tenia nada roto, echóse al estomago un vaso de agua, y púsose á descinchar y acomodar el caballo, sin decir palabra. Marta estaba cerca de él, temblando como una azogada.
—Entrad, en mi casa, le dije yo á Seth; un poco de descanso os hará bien; si necesitais algo aquí estoy yo.
—Doctor Daniel, contestó secamente; yo no tengo ninguna necesidad de tus servicios. Hasta la vista.
Y tomando el caballo de la brida, lo tiró cojiando hácia la casa de Fox, el attorney; Seth venia sin duda á la ciudad por un proceso, y habria dejado de ser cuácaro si una pierna estropiada ó una cabeza lastimada le hubiera desviado de su interés.
Vuelto que hube á mi observatorio, cargué una segunda pipa. Sin pasiones, sin cuidados, gozaba de mi tranquilidad; me daba un placer de niño siguiendo con los ojos el sol, que de la cima de las casas descendia lentamente á la calle. Tres golpes aplicados á la puerta me sacaron de mi fantaseo. Era el vecino Fox, adornado de una cartera bajo el brazo. Su visita me sorprendió. Sabíale muy contrariado de su derrota electoral, y no era hombre de olvidar en dos dias ni sus odios, ni su envidia.
—Buen dia, señor inspector de caminos y calles, me dijo entrando en mi cuarto.
El modo como acentuó estas palabras, me desagradó. Soy la paciencia en persona; pero no me gusta que se burlen de mí.