14 “Y dióle este la potestad, el honor y el reino; y todos los pueblos, tribus y lenguas le sirvieron á él: la potestad suya es potestad eterna que no le será quitada y su reino es indestructible.”

Escuchando este pasaje, me sentí como Daniel: “Quedé muy conturbado con estos mis pensamientos, y mudóse el color de mi rostro: conservé empero en mi corazon esta vision admirable.”[47]

Y como nó, acababa de asistir esa mañana misma al espectáculo de ese trono cuyo reinado dura hace diez y nueve siglos! El cristianismo, cuyos funerales se anuncian en la vieja Europa, presentábaseme en América,—mas jóven, mas fuerte, mas triunfante que nunca. Treinta millones de hombres que viven del Evanjelio, qué enigma para un Parisiense que ha leido á Diderot, y que, en una noche de invierno, se ha imajinado que comprendia á Hégel!

Así que entré en mi cuarto comencé á pasearme, ajitado durante largo rato por una multitud de pensamientos que se rechazaban unos á otros. Recuerdos de infancia, estudios de la juventud, reflexiones de la edad madura, ideas nuevas, todo esto, daba vuelta en mi cabeza y hacia en ella el caos. Parecíame que una voz misteriosa fisgaba á mi alrededor.

Bravo, Daniel, murmuraba aquella irónica voz, conque te haces capuchino. Héte místico, fanático y ademas de esto ridículo. Antes de poco tambien vas á ganguear lo mismo que maese Brown, y á hablar mejor que él el dialecto de Canaan. O Franceses, eternos camaleones! Chinos en Canton, Beduinos en Arjel, puritanos en Massachusetts, cómicos en todas partes ¿cuándo sereis hombres? Cuando vuelvas á Paris, Daniel, dejarás en la barrera ese cant insípido, y ese librote negro que las jentes de buen gusto respetan, sin tocarlo jamás. Un filósofo le saca políticamente el sombrero al cristianismo,—es menester no ponerse mal con nadie; ir mas allá es la debilidad de los espíritus estrechos. El dios del siglo diez y nueve, es el viejo Pan, eclipsado demasiado tiempo por la dolorosa figura de Cristo. Sumérjete en el infinito, Daniel; adora á tu padre el abismo; es el culto á la moda,—el único que puede confesar la infalible razon de nuestros dias.

—No, esclamé, mis ojos se han abierto; he sacudido el penoso sueño en que nuestra alma se enerva. Esos niños me han enseñado esta mañana el vínculo sagrado que une estrechamente á la libertad con el Evanjelio. Si para nosotros todo acaba con el cuerpo,—no tenemos ni derechos ni deberes; somos un rebaño malhechor, que es necesario apacentar y castigar hasta que la muerte lo mande á podrirse en la fosa eterna. Solo es persona aquel á quien la inmortalidad pone en comunion con Dios. Solo es hombre y ciudadano aquel que puede adherirse á una justicia viviente,—á una verdad que no muere. El pobre, el enfermo, el esclavo, el desgraciado, el criminal, no se hicieron sagrados sino el dia en que Cristo los rescató con su sangre y los cubrió con su divinidad. Adios Hégel, Spinosa! Adios las palabras puestas en lugar de las cosas! Adios la materia divinizada! Yo he visto á donde conducen á los pueblos y á los hombres tales doctrinas, y no quiero, ni los bajos goces de la multitud, ni la estóica resignacion de los espíritus magníficos. Yo necesito otra cosa que embriaguez ó desesperacion: necesito vivir! Vivir es creer y obrar. Perdidas las ilusiones de la juventud y las ambiciones de la edad madura,—mi razon es quien te llama ¡Oh Cristo! y la esperiencia la que me arroja de nuevo á tus piés. Devuélveme la esperanza despues de tantas decepciones; devuélveme el amor despues de tantas traiciones, y que luzca cuanto antes el dia felíz en que la vieja Europa imitando á la jóven América, pronuncie un grito que se eleve de la tierra al cielo, un grito salvador: Dios y la libertad!


CAPITULO XXII.
Disgustos de un funcionario Americano.

Levantarse con el alba, teniendo el cuerpo y el espíritu bien dispuesto, envolverse en una gran bata, amacarse en un rocking chair[48], y mientras se fuma una pipa de marilandia, darse, como dicen los Alemanes una fiesta de pensamientos, hé ahí un verdadera placer....cuando no se tienen treinta años, despues de un dia bien empleado y de una noche tranquila.