—Y razonadora, añadí yo, porque cada uno de estos monitores debe salir de aquí con el gusto y la manía de predicar.

—Tanto mejor, dijo Naaman,—para nosotros, todo hombre es sacerdote, y toda mujer sacerdotiza. Por qué ha de haber menos ardor en la sociedad relijiosa, que en la sociedad política? El título de Cristiano es acaso menos bello que el de ciudadano é impone menos deberes que éste?

Yo no contesté nada: eso de considerar á la relijion, lo mismo que un patrimonio comun de los fieles contrariaba todas mis ideas. Me habian enseñado que la Iglesia era una monarquia,—no una república. A fuer de hombre prudente, yo he dejado siempre el cuidado de mi conciencia á la Iglesia que me ha educado. No es á mí,—sino á mi director á quien compete el cuidado de mi salud. Por qué, pues, me he de tomar una fatiga inútil,—encargándome de una peligrosa responsabilidad?

La leccion iba á concluir; Susana me desembarazó de todos mis libritos con gran alegria de los niños; cantóse un hermoso cántico de despedida; y la fiesta terminó con una distribucion universal de regalos y apretones de mano. Rango, fortuna, edad, traje,—todo estaba confundido hacía dos horas; sentíase uno vuelto á los primeros tiempos del cristianismo, en que la multitud de los creyentes no tenia sino un corazon y una alma. Y decir que cada siete dias en el dia del Señor, toda la juventud americana viene á estas reuniones fraternales á dar y recibir una leccion de amor y de igualdad! Oh! como efecto moral ninguna enseñanza,—la del mismo Bossuet,—valdria esta educacion mútua!

Salimos; Alfredo estaba ahí para arrebatarme el brazo de Susana, cuya felicidad yo no envidiaba; mis ideas comenzaban á tomar otro jiro: mi corazon sentia, mas que nunca, toda su paternal debilidad. Tiempo es ya, decia para mis adentros, de que Susana comience á ejercer; como ama de casa, sus grandes cualidades de monitora. Figurábaseme ya ver en el porvenir un ejército de nietos mas relijiosos, mas enérjicos y felices que su abuelo. Y, embebido en estas ideas y mirando á mis enamorados que caminaban delante de mí, llegué á mi casa.

El resto del dia, lo pasamos hablando de todo lo que habiamos visto ú oído en la mañana, y Dios sabe cuantas cosas se ven y se oyen el Domingo en América! Qué son nuestros espectáculos al lado de estas fiestas del corazon y del espíritu? En mi vida habia pasado dias mas sérios,—nunca, jamás el tiempo habíame parecido tan corto, ni mejor empleado.

Como de costumbre, la noche terminó con la lectura de la Biblia. Marta trajo el librote negro, que ya era para mí un amigo. No habia dia que yo no hallára en él una respuesta á alguna pregunta secreta de mi alma,—estraña casualidad que confundia mi filosofía.

Habiamos quedado en el séptimo capítulo de Daniel. La vision de las cuatro bestias apocalípticas que representan las cuatro grandes monarquias de la antiguedad no me hizo el menor efecto; tengo muy poca imajinacion para gozar con semejantes sueños gigantescos. No le sucedia á Marta lo mismo, que á cada paso suspiraba. El Cuerno, que tenia ojos como ojos de hombre y una boca que proferia palabras insolentes, arrancó un grito de admiracion; estaba toda conmovida cuando el profeta pintó al Anciano de los dias, con su ropaje mas blanco que la nieve y sus cabellos mas blancos que la lana, sentado en un trono de llamas y servido por un millon de ánjeles, al paso que mil millones permanecen en silencio ante él. Lo que para mí no era sino una alegoria, para ella era la verdad,—es la única manera quizá, que la idea divina tiene de entrar en un espíritu injénuo,—que para sentir el infinito tiene necesidad de imájenes.

Despues de estas grandes pinturas vinieron los versículos en que el profeta anunció el Mesias.

13 “Yo estaba pues observando durante la vision nocturna, y hé aquí que venia entre las nubes del cielo un personaje que parecía el Hijo del hombre; quien se adelantó hácia el anciano de muchos dias, y le presentaron ante él.”