—Quién ha de serlo entónces, si no lo sois vos? repuso el attorney. No habeis solicitado vos mismo y aceptado las funciones de inspector? No sois vos el ajente y el servidor del pueblo que os ha elejido? Si hay neglijencia, á quién la culpa, y quién debe sufrir?
—La cuestion no es esa, repuse con justo orgullo. Yo no soy un empedrador, un obrero á merced del que le paga, soy un oficial del Estado, un miembro de la autoridad que gobierna, un delegado del soberano.
—Vos sois el vijilante de los empedradores, dijo Fox, vijilante nombrado por los ciudadanos, y por lo tanto sois responsable ante los que os nombran. Conoceis algun pais del mundo donde las funciones existan para provecho de los administradores, y no para provecho de los administrados? Por mi parte, solo conozco la China con sus mandarines.
—Ignorante, esclamé! leed la ley.
—Leedla mas bien vos, respondió Fox, está en cabeza del emplazamiento.
—Leí el artículo, y bajé la cabeza. Fox tenia razon. Yo habia caido en el lazo de mi loca ambicion.
Ese pretendido honor que lisonjeaba á mi mujer, á mi hija, y aun á mí mismo, no era sino una carga llena de inquietudes y peligros. Yo era esclavo de esa multitud, á la cual saludaba la víspera como triunfador. En aquel abominable pais, el pueblo es el que manda y el funcionario el que obedece. Si lo hubiera sabido!
Una reflexion me devolvió el valor. Por muy atrasados que los Yankees estén, decia yo para mis adentros, no son del todo bárbaros. En Francia, en el hogar de la civilizacion, tenemos cuarenta mil leyes que se contradicen; haga lo que haga, la autoridad acaba siempre por encontrar quien le dé la razon; quién sabe si en los Estados-Unidos no hay tambien un Boletin de las leyes? Consultaré un abogado.
Bajemos, dije al attorney. El tribunal ha de estar abierto: Humbug nos juzgará. Si pierdo mi pleito, sabré al menos á qué atenerme respecto á esta decantada libertad americana con que me aturden. ¡Chistosa libertad por cierto es la de un pueblo donde la autoridad, es decir, la nacion hecha hombre, se inclina ante la decision de un juez de paz!
En la calle hallamos al cuácaro, siempre impasible. A una señal de Fox, siguiónos en silencio. Marta acercóse á mí suspirando.