—Amo, dijo, en este mismo empedrado fué donde nos caimos el otro dia tu hija y yo.

¡Oh poder de una palabra! A estas sencillas palabras mis ideas se trastornaron: ¡Susana, Susana mia, tú eras quien perturbaba mi conciencia! Cierto, yo tengo una fé política á prueba de las locuras modernas; con la cabeza en el cadalso, sostendria contra todo el mundo que la autoridad no se equivoca jamás,—que está perdida si se deja discutir. Que un caballo, y hasta un cristiano se rompa el pescuezo en un empedrado mal tenido, es una desgracia; ¡pero qué importa! ¡Los caballos pasan, los principios quedan! El interés general está arriba de esas miserias del interés particular.—Hé ahí el dogma conservador que me han enseñado; yo lo profeso, y sin embargo, cuatro dias antes, la vista de mi hija herida habíame hecho olvidar mi símbolo. Yo tambien, en mi loca cólera, hubiera querido encontrar delante de mí un funcionario responsable, y si lo hubiese tenido habria obrado como aquel miserable cuácaro, salvo la memoria de dos mil quinientos francos. ¡Qué débil es nuestro corazon, y cuan infestados no estamos del veneno republicano!

Humbug estaba en su gabinete; entramos en él, Marte no se habia separado de su bien amado. ¿Era este un nuevo enemigo conjurado contra mí?

—Buen dia doctor, gritó Humbug apenas me vió á lo lejos. Muy bien os sienta á vos el honrar con vuestra presencia mi modesto tribunal. Nunca se enseñará demasiado á los hombres á respetar la justicia, hermana de la relijion:

Dicite justitiam moniti et non temmere Divos.

—Señor majistrado, le dije, no es un amigo sino un litigante quien comparece ante vos.

—Un pleito, dijo él á su vez, frunciendo su tupido entrecejo. Habeis olvidado la sábia leccion de nuestros padres? Para poner ó aceptar un pleito, se necesitan seis cosas: primo,—una buena causa; secundo, un buen abogado; tertio, un buen consejo; quarto, buenas pruebas; quinto, un buen juez, y sexto, una buena suerte. Reunir todas estas condiciones es cosa tan casual, que yo aconsejo á todo el mundo el atenerse á esta máxima del Evanjelio. “Si alguien quiere pleitear contra tí para quitarte tu vestido, dale todavia tu manto.” Ganareis con ello la tranquilidad de espíritu, y ademas de esto los gastos de justicia.

Mientras que Humbug firmaba algunos papeles, apercibí en un rincon á Seth y á Marta en gran discusion. Las pocas palabras que cojia al vuelo no me permitian entender su diálogo. Seth hablaba de insulto, de una buena ocasion, de arreglos de familia. Marta suspiraba y jesticulaba, hablaba de honradez de Biblia y de casamiento. Era visible que los dos tórtolos se picoteaban. Bravo Marta, ella al menos habia tomado á lo sério esa Biblia que leía todos los dias. Su fidelidad doméstica triunfaba de su amor, y quizá tambien no la disgustaba asegurarse antes del casamiento de quien seria el dueño de casa.

—Escojed, pues, dijo ella, apartándose del cuácaro con un jesto de impaciencia.

—Veamos, veamos, respondió Seth, un poco de calma.