—Amigo mio: ¿dónde hay un establecimiento de baños en la ciudad? Enseñadme el camino.

—Un establecimiento de baños, amo, ¿para qué?

Me encojí de hombros.—Imbécil, para bañarse, por lo menos.

—El amo quiere tomar un baño, dijo Zambo, mirándome con una sorpresa mezclada de espanto. ¿Es para eso que el amo me hace venir desde el fondo del jardin?

—Sin duda.

—Esto es demasiado, gritó el negro tirándose de las motas. Cómo! hay una sala de baño al lado de cada dormitorio, y el amo hace subir á Zambo para decirle: “Mi amigo, ¿dónde puede uno bañarse?” No se burla uno así de un americano.

Empujando una puertita oculta bajo la tapicería, el negro me hizo entrar en un gabinete elegante, donde habia una bañadera de mármol blanco.

—Vamos, Zambo, murmuré con tono furioso y cómico á la vez, dá vuelta la llave para el Amo: llave del agua fria, llave del agua caliente; revuelve el baño, pon las sábanas á calentar; haz de nodriza, Zambo; el amo no sabe servirse de sus manos.

No tenía otra cosa que hacer sinó callarme, dejaba á Zambo exhalar su furia y no queria que me sacara la lengua; pero, en mis adentros, maldecia estas horribles casas americanas, moradas insociables, verdaderas prisiones, de las que no se puede salir, puesto que en ellas se encuentra á la mano, todo lo que en Paris tenemos el placer de ir á buscar fuera de casa, á mucho precio, es cierto, pero muy lejos.