CAPITULO IV.
En casa.[10]
Una vez fuera del baño sin haber conseguido calmarme, descendí muy pensativo la escalerita que conduce al piso bajo. ¿Qué habian hecho de mi casa? ¿Bajo qué máscara iba yo á encontrar á mi familia? Entré al comedor, no habia nadie; pasé al salon, ni un alma. Mientras esperaba, me entretuve en mirar las dos habitaciones, con el objeto de habituarme al aspecto de mi nuevo alojamiento.
El comedor, además del alfombrado, tenia por único adorno un viejo y pesado aparador de jacarandá cargado de tasas de la China y de teteras de metal inglés, mas brillante que la plata. En frente al armario, habia tres grabados mediocres. Al centro, Penn tratando con los indios bajo el álamo de Sthakamaxon; á la derecha el retrato de pié de Washington con su caballo y su negro; á la izquierda, la imájen del soberano pro-tempore, el honrado y viejo Abád, en otras palabras, el honorable Abraham Lincoln, antiguo constructor de cercados,[11] presidente, hoy dia de los Estados Unidos.
¡Hé ahí, esclamé, los jénios protectores de mi nuevo hogar, del hogar de un francés educado en el culto de la fuerza y del éxito! Un cuácaro pacífico, un jeneral que pudiendo ser emperador del Nuevo Mundo, se rebaja hasta el punto de ser el primer majistrado de un pueblo libre, un artesano que llega á ser abogado á fuerza de trabajo, y por casualidad.—Presidente de su pais,—tales son los héroes de la América. En esta tierra semi-salvaje la moral de los paisanos es la misma de los grandes hombres. ¿Qué puede esperarse de una nacion que tiene semejantes preocupaciones? ¡No es ella, por cierto, la que le dará un César al mundo! En la sala habia un piano de palisandra, un escritorio recargado de papeles y una biblioteca llena de libros. Tres ó cuatro Biblias figuraban entre las obras de Francisco Quarles, de Bunyan, de Jeremías Taylor, de Law, de Jonathan Edwards, de Channing, toda jente muy honrada sin duda; pero cuyos nombres leia por vez primera. No pasé adelante: la teolojía me desagrada hasta en las noches de insomnio. Seguian algunos historiadores y moralistas, Franklin, Emerson, Marshall, Washington-Irving, Prescott, Bancroft, Lothrop-Motley, Tiknor; á continuacion algunos romances sérios, y una multitud de poetas ingleses, americanos, alemanes, y hasta españoles. ¿Y la Francia dónde estaba? Ay! por todo representante de la patria no encontré mas que un Telémaco, con la pronunciacion figurada ó mas bien desfigurada en inglés. Y pensar que un dia para celebrar quizá el natalicio de su padre, mi hija, mi querida Susana, me recitaria con sus lábios seductores el: Calepso ne povait se connsolére diou départe d’Youlis! Despechado arrojé el libro y pasé al jardin: era un pedacito de tierra rodeado de cuatro paredes, cubiertas de yedras y madreselvas; sembrado de lilas, rosales y flores desconocidas; en el fondo habian un invernáculo pequeño y un kiosco chinesco; abrigo cómodo para tomar el té, fumar un cigarro ó contemplar las estrellas. En el jardin no habia nadie, si se esceptúa á Zambo, tendido como una estátua de bronce sóbre una mesa de mármol blanco. El negro roncaba con el rostro vuelto hácia el sol y cubierto de moscas, descansando de las crueles mortificaciones que yo le habia causado. El bribon se aprovechaba de estar á mi servicio, para no hacer nada y dormir á pierna suelta.
Comenzaba á intrigarme este paseo solitario en los dominios de la Bella del Bosque durmiente; iba á despertar á Zambo para tener el placer de reñir con un cristiano, cuando escuché voces que salian del bajo piso, ó como dicen los Franco-Americanos en su patria, del basement, palabra que faltará durante mucho tiempo al diccionario de la Academia.
Despues de haber descendido algunos escalones, apercibí al fin en una espaciosa cocina á dos mujeres, que no sintieron el ruido de mis pasos, tan atareadas estaban. Una de ellas, la que me daba la espalda, pero á quien reconocí por la voz, era mi querida Jenny, la madre de mis hijos; la otra, á quien recien iba á conocer, enorme criatura, rubia, de cinco piés y ocho pulgadas de estatura, y con aspecto mas bien de granadero escocés que de hija de Eva, era Marta, la cocinera, natural de Pensylvania, y tunkeriana ó tunkerista de relijion, cosa parecida á cuácara; escelente persona que resongaba á toda hora y no tenía mas defecto que tratar de pagano ó de publicano á cualquiera que usára botones en el vestido ó en la levita. Para esta alma exaltada, el símbolo del cristianismo no era la cruz, era el broche.
A juzgar por la gravedad de las dos mujeres, y por las palabras que con tanta vivacidad cambiaban, llevaban á cabo en aquel momento una gran obra culinaria. Jenny (¿era en efecto madama Lefebvre?) ataba dentro de una servilleta, una masa disforme de reposteria, colocándola con cuidado en una cacerola llena de agua. Marta, á su vez, encerró la preciosa vasija en un horno de hierro, colocado en un costado de la cocina. Era de construccion monumental, con pisos como una casa, y no sé cuantos cajoncitos y alacenas de donde se escapaba el vapor. Horno para cocer, lavadero, asadores, sartenes, agua y aire calientes, y cuanto es necesario, todo se encontraba en este horno mónstruo, que tenia una inscripcion, á manera de arco de triunfo:
G. Chilson’s cooking Range Boston[12].
Dudo que el mismo Satanás, con los recursos de que dispone, haya inventado nunca una hornaza mejor calentada que esta.