—Muy bien señor, le dije, ahora me toca á mí: eso es un insulto, tengo la ley en mi favor. Seguidme ante la justicia. Quiere huir, y le detengo del cuello; él me contesta con una trompada en la cara; le tomo, pues, en mis brazos y aquí está sin rotura. No hay mas!
El acusado se levantó muy corrido, declaró que no negaba los hechos, y se escusó de su resistencia, diciendo que no habia creido que cometia un delito jugando como Polichinelle.
—Os equivocais, señor, contestó Humbug con tono chocarrero. Si conociérais mejor á vuestro digno modelo, sabriais que despues de cada una de sus proezas se le pone preso en una caja cuidadosamente cerrada. Seré menos severo con vos; todo no os costará sino diez dollars de multa, y diez dollars por los perjuicios causados á este bravo policeman. Dadle las gracias por su bondad, que si hubiera apretado los dedos erais hombre muerto.
El hombrecito sacó de una grasienta cartera algunos billetes, que de bastante mala gana dió al escribano; salió suspirando, saludado afuera por los silbidos de la multitud que aplaudia al policeman. Esta vez Goliat habia batido á David; es cierto que habia hecho entrar á la justicia en juego.
Despues del caballero de madame Polichinelli, desfilaron delante de nosotros los infalibles de la policía correccional: mendigos, vagabundos, borrachos, calaveras, pendencieros, caballeros de industria, jugadores y otros pillos; era aquello un cuadro vivo de todas las miserias y de todos los vicios. Viendo la rapidez y seguridad con que Humbug instruía y juzgaba cada asunto, viendo sobre todo como el condenado aceptaba sin quejarse, un castigo previsto,—me reconcilié con el modo de actuar de los americanos. La publicidad de la instruccion criminal podría muy bien ser uno de esos descubrimientos modernos que suprimen el tiempo. Apoderándose en su primer fuego de las palabras de todas las partes, en lugar de coagularlas en un papel que no conserva de ellas ni el sonido ni el sentido; poniendo frente á frente acusados, acusadores, testigos y abogados, el juez americano condensa en algunos instantes la verdad, que entre nosotros se evapora muchas veces en los mil canales que la enfrian. Hacer buena y pronta justicia sin menoscabar la libertad,—hé ahí el problema que estos Yankees han resuelto. La ciencia nos ha engañado á nosotros,—la casualidad les ha servido á ellos.
Habia un punto, sin embargo, sobre el cual me quedaba algun escrúpulo. Le pregunté á Humbug si no estaba espantado de su poder. Tener asi en sus manos la fortuna, el honor, la libertad de tantos acusados, disponer de todo ello por sí solo,—es una responsabilidad terrible.... No valdria mas dividirla?
—Nó, repuso Humbug, se opone á ello el interés de la justicia. Formar un tribunal de tres ó cuatro jueces, no es multiplicar la responsabilidad, es dividirla; el acusado pierde en ello su mejor garantia. Siendo solo y estando bajo las miradas del público, me parece que Dios me mira; siento toda la santidad del deber que desempeño. Cuantos mas cofrades tuviera, tanto menos comprometido me creeria. Qué es una tercia, una quinta, una segunda parte de responsabilidad? Y si el juicio es inícuo ó cruel, con quién se entenderá la opinion?
—Sin embargo, le dije, ved el jurado.
—Es el ejemplo que iba á citaros, me dijo. En este pais la mayoria es soberana; el número, es el que hace la ley en todo. Solo la justicia está fuera de esta condicion. El acuerdo de once jurados, no puede arrebatarle al acusado ni la vida, ni el honor; basta la abstencion de un solo hombre para tener en jaque su veredicto. De dónde proviene esto? Es que aquí hay una cuestion moral,—no un problema de aritmética; la voz que absuelve tiene mas peso quizá que las once que condenan. Así, lo que el lejislador pide, no es la mayoria,—es la unanimidad. Lo que él necesita, no es una responsabilidad dividida en doce partes,—son doce responsabilidades. En esto no hay, como lo veis, ni apariencia de escepcion; es siempre la misma regla; pero reforzada: unidad de juez, ámplia y completa responsabilidad.
Este razonamiento me sorprendió, siempre había creido que la unanimidad del jurado era uno de esos viejos restos de barbárie feudal, que nos divierten á espensas de la Inglaterra, haciéndonos sentir mejor nuestra superioridad. Humbug turbaba la serenidad de mi fé. En vano traia á mi memoria las sábias palabras de Montaigne: “Oh! que dulce, que muelle y que santa cabecera es la ignorancia y la falta de curiosidad para reposar en ella una cabeza bien hecha!” La duda es como la lluvia, ningun viajero se escapa de ella. Franceses! quereis guardar ese lejítimo orgullo, esa pura satisfaccion de vosotros mismos, que hace vuestra fuerza y vuestro placer? Pues no perdais nunca de vista vuestras veletas!