Un movimiento que se hizo en el auditorio,—movimiento seguido de un largo murmullo, nos anunció la llegada de un personaje importante. Un hombre gordo se adelantó majestuosamente, la cabeza levantada, medio cerrados los ojos, soplando á cada paso, sin mirar á nadie. Llegado que hubo á la mesa de los demandantes, saludó á Humbug con un jesto familiar y aire de proteccion. Era el banquero Little, en cuyas hinchadas mejillas se leía la insolencia de sus veinte millones.
Tras él, dos policemen, conducian á un hombre de gran estatura, flaco, de cara desencajada, de ojos ardientes y aire de jugador que ha arriesgado su vida parando á una carta, y que ha perdido. Dejóse caer en el asiento de los acusados, y se ocultó la cara entre ambas manos.
—Señor, dijo el banquero, esta mañana han presentado en mi casa esta letra de dos mil dollars, que pongo sobre vuestro escritorio. Mi cajero, que es un mozo intelijente, vos lo conoceis, Humbug, no hallando este pago indicado en el cuadro de vencimientos, ha tenido la idea de traerme el billete, no obstante la insignificancia de la suma. El nombre del jirante, los endoces, mi aceptacion, todo es falso. Desde esta mañana, ya se han presentado tres veces con billetes semejantes, que han tenido cuidado de no dejarme. Es un golpe combinado entre cierto número de pícaros. Han calculado que me nombrarian intendente municipal, que hoy estaria ausente y que mi cajero no se atreveria á rechazar jiros con mi firma al pié. He cojido al señor; ahora toca á la justicia descubrir sus cómplices.
—Acusado, dijo Humbug, teneis algo qué contestar? Ved que se tomará nota de todas vuestras palabras, y que se hará uso de ellas en contra vuestra; reflexionad antes de hablar.
—Por ahora, nada tengo que decir, murmuró el acusado.
—Entonces me obligais á enviaros ante la corte de assises por falsario, añadió Humbug con voz conmovida. Podeis presentar dos fianzas de cinco mil dollars cada una? De lo contrario me veré obligado á poneros preso.
—Veré de encontrar fiadores, respondió el acusado.
—Muy bien. Subid en carruaje con dos policeman, y ved á vuestros amigos. A vuestro regreso, iremos con vos mismo á inspeccionar vuestros libros, tomando otras precauciones del caso.
—Vais á dejar en libertad á ese falsario? le dije á Humbug. No veis que tiene cómplices, que los advertirá y lo que es mas, no veis que se escapará?
—La ley, respondió el juez, no establece la prision preventiva sino para los crímenes que llevan aparejados la pena capital. En todo lo demas, se remite á la discrecion del juez. Por qué quieres que le quite á ese hombre el medio de defenderse? Será para que comparezca como víctima ante la corte de assises, y para que el interés se adhiera, no al robado, sino al ladron? Serán necesario pruebas, espertas averiguaciones; puede esto, hacerse á tientas en ausencia del acusado? No tiene acaso el acusado el derecho de discutir y criticar todos los cargos amontonados contra él? La instruccion criminal, no es una pena, es la averiguacion de la verdad.