Dinah estaba ocupada en una pieza vecina. El maestro de la sala grande era mi Susana. En aquel momento la señorita enseñaba la jeometria á siete ú ocho muchachones que, déboles esta justicia, escuchaban como buenos niños á su amable maestra.
—Venid, mi buen padre, dijo Susana toda gozosa; tomad esa tiza, demostradnos las propiedades del cuadrado de la hipotenusa.
Hacer una demostracion me habria sido difícil; habia sido demasiado bien educado en la Universidad de Francia, para entender de jeometria; todo lo que recuerdo sobre el particular se reduce á una vieja cancion que, quizá tararean todavia al rededor de la Escuela Politécnica con la tonada de Calpigi.
Le carré de l’hypoténuse
Est égal, si je ne m’abuse,
A la somme des deux carrés,
Faits sur les deux autres cotés.[57]
Dejé pues á mi Susana trazar sobre la pizarra el triángulo, rectángulo A. B. C., levantar sobre cada lado un cuadrado &a., &., y me retiré á fin de que mi hija no tuviera que avergonzarse de la ignorancia paternal.
En una de las salas chicas (lo menos habia ocho,) Dinah interrogaba, sobre los rios grandes y pequeños de la Francia á unos niños de nueve á diez años. Sorprendíme de su memoria y de su ciencia, yo Francés, que, si me hubieran interrogado sobre la América, no habria podido ofrecer en cambio á aquellos jóvenes eruditos sino el Mississipi, el Hudson y el Potomac, únicos cursos de agua de que me hayan hablado. Verdad es que la América nos interesa poco, al paso que la Francia, reina de las letras y de las artes, debe interesar prodijiosamente á los Americanos. Es la admiracion de los bárbaros por la civilizacion!
Despues de la geografía vino la lectura en alta voz, y la declamacion. Un hombrecito de nueve años se levantó, y sin timidez ni descaro, nos recitó uno de los pasajes mas poéticos del Hiawatha de Longfellow. Aunque el jóven prodijio, gangueaba un poco, vicio comun en América, díjonos aquel pedazo con una gran precision de tono y verdadero sentimiento; hay actores célebres que no se han elevado nunca hasta esa altura.