—Preguntádselo á nuestros maestros, repuso: no hallareis uno solo que no esté orgulloso de nuestras escuelas mistas. Es una invencion Americana,—una invencion que nos hace honor. Como siempre hemos tenido confianza en la naturaleza humana y en la libertad; como siempre nos hemos congregado. En ninguna parte la instruccion es mas fuerte, ni tan moral, mas grande que en nuestra querida institucion. La emulacion entre ambos sexos es un aguijon sin par. Por niño que sea, el hombre se avergüenza siempre de ceder el primer lugar; la mujer es paciente, y tiene la intelijencia mas abierta; en estos primeros estudios que no tienen nada de abstractos, ella es siempre la que sale triunfante. Pero ese no es sino el lado pequeño de la cuestion. Las niñas ganan con nuestro sistema, tanto en carácter y voluntad, como los hombres en corazon. Aprenden á conocernos, y, sea dicho entre nos, mi buen Daniel, nosotros no somos peligrosos sino en tanto que no se nos conoce. Siendo respetadas, las niñas se respetan á sí mismas; siendo libres se dan el lugar que las conviene; y en las recreaciones, por ejemplo, una prudencia natural las separa de sus compañeros. En cuanto á los jóvenes, ellos adquieren en nuestras escuelas esa delicadeza de sentimientos, esa política caballeresca que solo la sociedad de las mujeres puede darles. Qué hay mas salvaje y brutal que el colejial inglés, abandonado á sí mismo y á la tiranía de sus mayores? Habeis leido á Tom Brown? dá vergüenza de la civilizacion. Preferiría vivir entre los Pieles-Rojas antes que con colejiales como Eton ó Rugby. Entre nosotros, al contrario, todos los jóvenes crecen juntos; á los diez y seis, á los veinte años, sus relaciones son tan simples, tan fraternales como cuando se hallaban en los mismos bancos. Mas de un casamiento se hace entre esos antiguos camaradas de escuela; la estimacion, la amistad hacen nacer el amor y le sobreviven. La Europa, vuestro ídolo, ha imajinado algo tan cristiano y perfecto?
—Es un sueño, dije.
—Entrad, incrédulo, repuso Humbug; vereis que ese sueño es una verdad.
—Una palabra todavia, le dije. Todos esos niños son santos, por supuesto. Pero dónde hallareis hombres capaces de educar esas falanjes celestes? Cuál es el maestro que puede animar á la vez la timidez de vuestras niñas, y dulcificar la turbulencia de vuestros niños? Dónde ha de hallarse ese fénix que, en cada comun, responda del honor y de la virtud de vuestros hijos?
—Entrad, repuso Humbug; vereis desempeñando su tarea á Dinah, vuestra protejida, y á vuestra querida Susana quizá.
—Estais loco, esclamé, pegando en el suelo con mi baston; es á una mujer de veinte años á quién le confiais hombres que ya tienen barba en la cara? Lindo jeneral para tal ejército; como lo respetarán!
—Todavia una preocupacion del viejo mundo, querido doctor. Nada mas natural en un jóven que ama á su madre que respetar á una mujer; lo que no lo es,—es obedecer á un maestro que amenaza y castiga. La fuerza influye poco en el corazon de un niño; cuanto mas jeneroso es, tanto mayor es su resistencia; contra lo que no tiene defensa, es contra la dulzura y la afeccion. En este punto tambien, la esperiencia dá un desmentido á la antigua sabiduria, que no es sino un viejo error. Son las jóvenes de la Nueva Inglaterra las que, con una abnegacion de misioneros, se consagran á vivir entre la corrupcion del Sur ó en las soledades del Oeste, con el objeto de educar á las almas jóvenes, y darlas á la verdad y á Dios. Tenemos maestros, como los mejores que pueda haber; pero nuestros mas bien dotados institutores, escollan allí donde una jóven Yankee hace maravillas. La infancia pertenece á la mujer; es una ley natural que hemos tenido el mérito de reconocer y de aplicar.
—Amen, contestó, alzando los hombros; vamos á admirar esas tímidas ovejas y esos dóciles corderos, conducidos por una pastora no menos inocente que su rebaño.
Entré de mal humor en la sala grande; y sin embargo de no poder sufrir la sin razon,—lo confesaré con vergüeuza, apenas puse el pié en el santuario me sentí seducido.
Me hallaba en una vasta pieza, donde el aire y el dia entraban por unas anchas ventanas; las paredes eran de una limpieza esquisita, y estaban adornadas de trecho en trecho sea de cartas mudas, sea de cuadros de historia natural, sea de figuras de física y de jeometria. Cada niño tenia su pupitre, aislado por cuatro varillas que se cruzaban á su alrededor. Sentado delante de esa mesa barnizada, que brillaba como un espejo, solo, y sin vecino; el escolar es maestro de sí mismo; si se distrae, si no trabaja, solo sobre él recae toda la responsabilidad. El institutor colocado en un estrado, vijila de una mirada esas largas filas de pupitres, colocadas unos tras de otros. Vijilancia poco necesaria en un pueblo ambicioso donde cada cual quiere instruirse para llegar á la fortuna y al poder! Los vicios de los Americanos les sirven á ellos mas de lo que á nosotros nos sirven nuestras virtudes.