—Es la señora Hope, una de nuestras celebridades médicas.

—¡Mujeres médicos! ¡Oh Moliére! ¿donde estás? Qué ¿en este pais hecho al revés de los demas, no son los hombres los que cuidan á nuestras madres, á nuestras esposas é hijas? Son tambien mujeres las que partean á las señoras de la buena sociedad? Eso no se hace en parte alguna; eso es indecente, señora Smith,—¡indecente!

—Yo hubiera creido lo contrario, amigo mio; pero vos sabeis mas que yo. ¿De manera que si alguna vez nuestra hija tuviese una de esas indisposiciones, graves ó no, que una mujer en su pudor se atreve apenas á confesarse á sí misma, querríais mas bien que se llamára á un médico?

—Nada de eso; me comprendeis mal, querida mia. Queria decir solamente que hay antiguas prácticas que son respetables como todos los viejos errores. Es decir.... no; otro dia os esplicaré eso. ¿Quién acompaña á Susana á esa leccion de anatomía?

—Nadie.

—¿Cómo nadie? ¿Mi hija que solo tiene diez y nueve años y es bella como un ánjel, recorre las calles sola y sin un acompañante de respeto?

—¿Por qué no ha de hacer ella lo mismo que sus compañeras? ¿Qué peligro puede amenazarla? ¿Os imajinais que haya en América un hombre tan criminal ó tan loco como para faltar al respeto debido á la juventud y á la inocencia? Padres, maridos, hermanos ó hijos, todos los brazos se alzarian para herir al miserable; pero jamás se ha visto en este noble pais semejante indignidad.

Esas son miserias y vicios que es necesario dejar al viejo continente.

—Por otra parte, agregó mi mujer con su dulce sonrisa, creo bien cuidada á Susana. Alfredo, el último hijo de M. Rose ha vuelto de las Indias. Le he visto ayer paseándose con su padre y sus ocho hermanos. Nadie me quitará de la cabeza que Susana y él están comprometidos hace mucho tiempo.

—¡Comprometidos! ¿Mi hija enamorada del noveno hijo de un boticario? ¿Y es su madre la que me anuncia friamente una noticia de ese carácter?