—¿Por qué no habria de casarse con el que ella ama? me dijo Jenny fijando en mí sus hermosos ojos azulas. Amigo mío ¿no es eso lo que yo he hecho? ¿Me he chasqueado? ¿estais acaso arrepentido?
—¿Pero qué carrera, qué fortuna posée ese jóven?
—Estad tranquilo, amigo mio; Alfredo es un caballero. No se casará con Susana mientras no tenga una posicion que ofrecerla. Susana esperará diez años, si es necesario.
—¿Y la dote señora Smith, habeis pensado en la dote? ¿Sabeis lo que quiere ese jóven galan que compromete á nuestra hija? ¿Sabeis lo que nos es posible hacer y qué parte tendremos que sacrificar de nuestro diminuto haber?
—No os comprendo, Daniel. ¿Vendemos acaso á nuestra hija? ¿Es necesario pagar á un jóven, á un enamorado, para que se decida á aceptar por compañera, á una jóven encantadora, cuyo aspecto regocija y que es tan buena como bella? ¿Dónde habeis adquirido esas estrañas ideas, que os oigo por vez primera?
—¡Sin dote! esclamé yo, ¡en un pais donde de la noche á la mañana todo el mundo está de rodillas delante de un dollar!
—En América, amigo mio, uno se ama, se casa porque ama y es feliz toda la vida repitiéndose el uno al otro que se ha escojido por amor. Cada uno lleva en dote su corazon, y espero que, en una nacion libre, jóven y jenerosa como la vuestra, no se conocerá jamás otro dote.
—Sin dote, decíame yo, ¡sin dote! Harpagon tenia razon, esto cambia las cosas. El matrimonio no es ya un negocio. Rica ó pobre, la novia estará segura de que la aman, que se casan con ella y no con su dinero. El padre que dé temblando á su hija no tendrá que temer á lo menos, que la entrega á un especulador innoble. ¡Sin dote! Los pueblos bárbaros tienen algunas veces, sin saberlo, ciertas delicadezas que harian honor á nuestra civilizacion.
—Hé aquí á Susana, esclamó mi mujer, que habia vuelto á ocupar su puesto de observacion. Alfredo está con ella,—lo habia adivinado.
Corrí á la puerta. Mi hija, mi querida Susana, ¡estaba mas bella que nunca! Sus largos cabellos rubios que caían formando bucles sobre sus hombros, su mirada risueña, su aire altivo, su andar mesurado la daban nuevos encantos. Era la inocencia del niño y la gracia de la mujer. Saltóme al cuello como una loca. La estreché con transporte sobre mi corazon y la llevé en mis brazos hasta el comedor.