Solamente allí apercibíme de que Susana no habia entrado sola en casa. Estaba junto á ella el mónstruo que venia á arrebatarme mi alegria y mi felicidad. Susana le tomó de la mano y me lo presentó de la manera mas natural.

—M. Alfredo Rose, querido papá—¿no le reconoceis?

¡Demasiado que lo reconocia! ¡Era encantador el miserable! Suspiré y dí un apreton de manos á aquel futuro yerno; que queria hacerme el honor de escojerme por suegro sin tomarse siquiera la molestia de consultármelo.¡ Sin dote! bastaba esto para que se creyera con derecho á casarse con la mujer que amaba.

Hablad pues de decoro á estos bruscos que van siempre recto á su objeto.


CAPITULO VI.
En donde se hace conocimiento con M. Alfredo Rose y el vecino Green.

Mientras que Alfredo y yo permaneciamos el uno frente del otro, silenciosos ambos y mirándonos, las dos mujeres conversaban entre sí en voz baja y con estrema vivacidad. La madre sonreía, la hija tenia los ojos suplicantes.

—Amigo mio, dijo Jenny tomando á los jóvenes de la mano, hé aquí dos niños que, con la ayuda de Dios, quieren formar una familia cristiana y os piden vuestra bendicion.

—Mi bendicion! Yo he visto al Papa Pio IX, bendecir á Roma y al mundo, con esa dulce majestad que hace caer de rodillas á los incrédulos; he visto á obispos piadosos bendecir la inocencia y el fervor de la primera comunion. Eso era grandioso y bello: era la santidad que se espandia. Pero yo, pecador, no me sentia con derecho para bendecir, siquiera á mis hijos. Abrazé á Susana, abrazé á Alfredo, junté sus manos con las mias y lloré.