Eran tan felices los ingratos, que no vieron mis lágrimas, y así escapáronse de mis brazos para correr hácia Jenny, que les recibió alzando la voz:
—Que el Dios de Abraham y de Sara, díjoles, que el Dios de Isaac y de Rebeca, de Jacob y de Raquel os bendiga, hijos mios, y os dé una vida cristiana.
—Amen, respondió una voz cuya gravedad me hizo temblar. Era Marta que se aproximaba con la mirada y el jesto de un profeta.
—Hombre, dijo, toma á esta mujer delante de Dios; mujer, toma á este hombre delante de Dios, en la buena y en la mala suerte, en la salud como en la enfermedad, en la vida y en la muerte. No lo olvides, el Eterno lo recordará.
—No, ciertamente, no lo olvidaré jamás, esclamó Alfredo levantando el brazo, pongo al Señor por testigo.
Lo confesaré para mi verguenza! apesar de la escelente educacion que he recibido en Francia, y aunque se me habia habituado á no tratar sériamente sino las cosas festivas, me sentí conmovido hasta el fondo del alma, por la solemnidad de este compromiso. Me parecia que mi hogar se hacia sagrado como el de Abraham, y que Dios, invisible y presente, descendia para bendecir la union de mis hijos.
La entrada de Zambo disipó estos sérios pensamientos. Habia arrasado el jardin y el invernadero para poder ofrecer á la novia un ramo enorme. Acompañó su obsequio de jestos tales y de cumplimientos tan burlescos, que me eché á reir contra mi voluntad.
—¿Cuándo la boda amito? preguntó el negro. ¿Mañana, pasado mañana, dentro de ocho dias? Zambo quiere cantar, Zambo quiere bailar.
—Susana, esclamé mirando á mi hija, no está fijado el dia!
—Mi buen padre, esperamos vuestras órdenes respondió la señorita mi hija, con una falsa modestia que me hizo suspirar.