—Y no esperamos mas que eso, dijo Alfredo, he alquilado y amueblado una casa, cerca de aquí; en la esquina de la avenida décima cuarta. Todo está dispuesto para recibir á la que me hace el honor de compartir mi fortuna y mi nombre.

—Hijo mio, le dije á Alfredo, y este nombre de hijo me ahogó al salir, Susana os ha escojido, nosotros os adoptamos con los ojos cerrados; pero perdonad á la lejítima curiosidad y á la inquietud de un padre. ¿Desde cuándo amais á mi hija?—Y ya que hablais de fortuna—¿cuál será vuestra situacion, la de ambos, en esa casa cuya felicidad nos toca tan de cerca?

—Deciros desde cuando amo á Susana, me sería difícil; respondió el jóven. Me parece que la amé desde que nació.—A no dudarlo, la amaba ya cuando íbamos juntos á la escuela comun, y corriamos á lo largo del camino, ella era una criatura y yo casi un adolescente. Despues de ese tiempo, tantas veces hemos jugado, hablado y orado juntos; la he visto siempre alegre, buena, amable, y tantas veces hemos conversado sin rebozo, tantas veces he podido apreciar toda la belleza de su alma, que ha llegado un dia en que he comprendido que Susana era la mujer que Dios en su bondad me habia deparado.—Cuando Susana tuvo diez y seis años, le pedí me aceptára por esposo, nos comprometimos, y hé ahí toda la historia de nuestros amores.

—De manera, dije yo suspirando, que es la estimacion y la amistad la que os han conducido á eso que vosotros llamais amor—¿Nada de súbito, nada de fulminante: ni poesía, ni pasion?

—Tengo veinte y cuatro años, dijo el jóven, y amo á Susana. Nunca he amado, ni amaré á otra que no sea ella; la estimo mas que á nadie en el mundo; la quiero mas que á mi mismo: ¿es cordura, es pasion?—no lo sé; pero espero que Susana no me pedirá esplicaciones, y que me permitirá que la ame del mismo modo hasta mi último dia.

—Perfectamente, hijo mio; sois un sábio; sereis feliz, como mereceis serlo y tendreis muchos hijos. Entretanto hablemos de dinero.

—Yo no tenia fortuna, dijo Alfredo, y eso aplazaba bastante nuestros proyectos. Tenia veintiun años y estaba decidido á hacer carrera rápidamente,—no dudaba del éxito.

—¿Contaríais sin duda con protectores poderosos? ¿con la promesa de un buen puesto en el gobierno? ¿Vuestro padre quizá habia comprometido en vuestro favor al primo de la prima de algun Senador?

—No; tenia mi cabeza y mis brazos, respondió, Alfredo y la divisa de todo Yankee verdadero: Go ahead! never mind; help yourself: Adelante! y sin cuidado; ayúdate á tí mismo: esto vale mas que un apoyo estraño. En un país que se engrandece tan velozmente como el nuestro, todo hombre que no es un necio y que tiene voluntad, concluye por encontrar una buena veta. Empleado como químico en casa de un rico comerciante de índigo, oía á mi patron quejarse á menudo de que los buques espedidos á la India iban siempre á media carga. Encontrar un nuevo artículo de flete, era la idea fija de nuestros armadores. Descubrí uno, en el que nadie habia pensado y que tenia asegurado su despacho: era el hielo. Jamás se proveerá cantidad igual á la que puede consumir la India. La dificultad estaba en poder conservarlo durante el camino. Era un problema que debia resolverse. Gracias á mi padre he sido educado en un laboratorio; la física y la química han sido mis primeros entretenimientos. Para aislar mis témpanos de hielo, necesitaba un cuerpo mal conductor del calórico. Ensayé el serrin, que no tiene valor alguno entre nosotros. El descubrimiento estaba hecho: faltaban solo los capitales.

Encontrar dinero para poner en ejecucion una buena idea es cosa fácil en América, pensé en M. Green, que hace grandes negocios en arroz, café, especias é índigos. Tuvo confianza en mí y arriesgó una espedicion. Partí para Calcuta con mi cargamento; no tuvimos merma en el camino, y vendí mi hielo de modo á ganar el flete de ida y vuelta; y he vuelto despues de haber establecido allí un mercado ventajoso para veinte años. A mi llegada tuve ocho mil dollars por mi parte, y vedme al frente de la casa Green, Rose y compañia. El éxito es seguro. Puedo descontarlo hoy dia mismo, si quiero. Diez ó doce mil dollars por año: hé ahí lo que por lo pronto puedo ofrecer á Madama Alfredo Rose, esperando mejor suerte.