El Doctor Olybrius, &a., &a., á la Señora Daniel Lefebvre.

22 de Abril de 1862.

“Querida señora:

“Nuestro pobre amigo ha sufrido mucho; está un poco mejor; bebe, come, duerme; ya no tiene voluntad, es lo esencial.

“La crísis ha sido terrible; asi que quisimos curarle se puso furioso. Es uno de los síntomas mas característicos de esa funesta enfermedad. El francés es naturalmente dulce, amable, político, y está siempre pronto á hacer lo que sus amos, sus amigos ó su mujer le ordenan. Ved la historia de nuestra gloriosa revolucion. Para salvar á la Francia é inocularle el amor de la igualdad, de la justicia y de la fraternidad, la Convencion ha puesto fuera de la ley á todos los Franceses. Ella los ha arruinado, espulsado, deportado, metrallado, fusilado, guillotinado. Hay uno solo que haya resistido? Hay hoy dia algo mas justamente popular que esa inmortal Asamblea? Pero, ay! en cuanto la locura se apodera de él, el francés se hace voluntarioso y malo. Si le detienen, resiste,—si le encierran, se subleva; no piensa ni habla sino de libertad. Tal es la degradacion intelectual y moral que resulta de una violenta neuroma en las personas debilitadas.

“Nuestro pobre amigo habia llegado á ese estado. Felizmente yo velaba por él. Dos sangrias abundantes, tres purgas enérjicas, dos duchas heladas, le han devuelto la calma de que tenia necesidad. La enfermedad sale, me parece, del periodo agudo: haciéndose crónica dará resultados sorprendentes en los que fundo la esperanza de mi reputacion.

“En este momento está tranquilo; se ocupa en borronear papel, prueba, á no dudarlo, demasiado cierta de que está aun lejos de la cura. Os envia ese fárrago que intitula Paris en América; no he querido quitarle nada, ni siquiera las injurias que me dirije, y que caen á mis piés. Caballero de veinte y siete órdenes, miembro de treinta y tres academias estranjeras y de ochenta y dos sociedades de provincia, mi nombre nada tiene que temer del tiempo ni de la envidia. La Francia ha venerado siempre á los Olybrius. Guardaos sin embargo de esparcir ó imprimir semejantes locuras; nada hay tan contajioso como la quimera; el cérebro del hombre es débil, y la neuroma una enfermedad de que debe precaverse. Guardad esos papeles; ellos os servirán para hacer pronunciar una interdiccion demasiado necesaria. No creo que un francés razonable que conoce su siglo y su pais pueda leer dos pájinas de esos desvarios sin declarar que su autor es un loco, y que es urjente encerrarlo.

“Vengamos á vos, querida señora, permitidme tocar un punto delicado. Sensible como sois, necesitais los mayores cuidados: ved el mundo, rodeaos de visitas, procurad distraeros, el tedio os mataría, os ordeno las distracciones y el placer. Entrad en la vida, habituaos á la independencia y á una soledad que todos vuestros amigos procurarán dulcificar. No abrigueis vanas esperanzas; son emociones que debilitarian vuestra salud demasiado alterada ya. El pobre doctor no volverá jamás á su casa. Cualquier forma que tome su enfermedad, si quiera dejenere en una locura literaria que se parezca al jenio, será siempre prudente y necesario tener alejado á un hombre tan peligroso asi para su familia como para la sociedad. Podeis créermelo, querida señora, la ciencia es infalible y un Olybrius no se equivoca jamás. La locura de amor, se cura cuando uno es jóven,—los viejos mueren de ella; la locura de ambicion cede algunas veces á la edad y al desprecio de los hombres; de la locura de libertad, no se sana jamás.

“Me pongo á vuestros pies, querida señora, etc. etc.”

FIN.