—Triple necio! esclamé; menos necio sin embargo que los que te escuchan! Tu eres un sabio, un académico, un filósofo, y yo, que te silvo, yo soy un loco!
—No, yo no volveré á entrar en esa sociedad vanidosa que tiene miedo de la verdad, y á quien se le atrapa como á las alondras deslumbrándolas con un espejo. Si la muchedumbre me rechaza, yo la destierro de mi apacible morada; la soledad me devuelve la libertad. Aquí es donde quiero vivir y morir, consolado por el evanjelio, rodeado de estos viejos amigos que son siempre fieles, y que no mienten jamás: Sócrates, Demóstenes, Ciceron, Dantes, Cervantes, Luis de Leon, Milton. A vosotros tambien, poetas, oradores, ciudadanos, los hombres os han desdeñado, maldecido, espulsado, encarcelado, asesinado. Locos y sediciosos durante vuestra vida, os habeis vuelto sabios y patriotas despues de vuestra muerte. El mundo eleva altares á las víctimas que ha degollado, y la historia de la humanidad es la historia de los mártires.
—Por qué no he de tener yo tambien mi hora. Si no soy un grande hombre,—no he sostenido una gran causa? Quién sabe si mi pais, disgustado de las insulseces que lo enervan no me perdonará mi salvajismo y mí aspereza? Lo que es amargo al paladar es dulce al corazon, dice un proverbio; así sucede con la verdad. Ella es sana como el ambiente de las yerbas y de los bosques, como el viento que pasa por sobre los ventisqueros y los mares; aquel que ha vivido en ese aire vivo, se sofoca en las hondonadas y pantanos.
—Espero contra toda esperanza; soy loco. Si fuera cuerdo haria lo que hacen los hábiles,—me resignaria, gritaria con la muchedumbre. No quiero esas alegrias que entristecen, prefiero mi cárcel y mi sueño.
—Una vision me consuela todas las mañanas en el silencio de mi pobre celda. Descubro en lontananza, cimas que blanquean; es la aurora que se levanta, la aurora de un dia que no veré; qué importa? Qué punto luminoso es aquel que rompe el horizonte,—despejando la sombra que huye? Es la nueva Jerusalem, la ciudad del porvenir. Todo está cambiado allí; los últimos vestijios del Estado pagano han desaparecido; el individuo manda, es rey. Respetado de todos, lo mismo que él los respeta,—él es el único dueño de sus acciones, el único responsable de su vida; solo tiene que temer á las leyes. La Iglesia ha revindicado la independencia Evanjélica, ha roto esa cadena adúltera que, por desgracia del mundo, le impusiera Constantino. Vuelta á su divino esposo, ella es el freno, el consuelo y la esperanza de todas las almas; el Evanjelio es la carta de la libertad. Desparramada á manos llenas, la educacion abre los corazones á la verdad; la caridad, obra de todos, ábrele el paso á ese instinto de union, á esa necesidad de accion comun, que hace la grandeza de las sociedades. La provincia ha recuperado su antiguo vigor; el amor á la pequeña patria, ha aumentado, fortificándolo, el á la grande. El comun ha roto los lazos que lo ataban; vive y obra; llama y retiene á sus hijos cerca de él. El Times no es ya el órgano de la Francia; la prensa es libre; cada cual dice lo que piensa, y piensa lo que dice. Encerrado en sus límites, el Estado no es ya mas que un beneficio. En el esterior es la espada del pais, en el interior es la ley, solo la ley, nada mas que la ley. Verdad, justicia, libertad,—vosotras brillais en ese nuevo cielo, como astros pacíficos; ante vosotras se han eclipsado los flajelos de la vieja Europa: lo arbitrario, la íntriga y la mentira. La Francia, dichosa y ufana, se espande en la abundancia y la paz,—sirviendo de ejemplo y de envidia á las naciones; allí sí que es hermoso vivir; allí sí que es dulce morir.
—Hé ahí mi sueño; él esparce en mi prision yo no sé que serena claridad que enardece mi corazon. Qué bello será el dia en que, caidas las máscaras, los locos sean los sabios y los sabios sean los locos! Será entonces; allá por los años 2,000, cuando piadosos peregrinos, tan numerosos como las hormigas, visitarán la celda donde, cual nuevo Daniel, yo anunciaré el porvenir. Entonces tambien, algunos curiosos, algunos erúditos que trabajan siempre en no hacer nada, buscarán bajo los escombros del pasado lo que podian ser ciertas variedades de la Francia del siglo XIX,—variedades que han desaparecido para siempre como el perro dogo, eterno lamento de las porteras. Se preguntará qué es del comedor de Jesuitas, el pantalon de cuero, del inventor de razas centralistas, del adorador del Dios Estado. Y el padre de familia recorriendo las salas del Museo de historia natural, mostrará con el dedo á sus hijos asombrados, un jigantezco bocal, donde, embalsamado en vinagre, y con sus cruces y sus díplomas, reposará el último de los Olybrius.
Amen, Amen, AMEN, AMEN!