—Hé aquí una carta del coronel. El bravo Saint-Jean se escusa de haber ayudado á mi arresto sin saberlo.

—Ha querido, dice, cortarle las orejas á Olybrius, el pillo se ha negado á la operacion. El coronel añade que si ha cometido alguna falta está pronto á repararla. Para quitarme el derecho de quejarme, me ofrece que nos levantemos mútuamente la tapa de los sesos. El juego no es igual; no puedo aceptar su amable proposicion. Saint-Jean me habla de política; la guerra estalla para él en todas partes al acercarse la primavera, y su alegria es inmensa. Es un soldado: está convencido de que los hombres han venido al mundo para matarse unos á otros. Si las madres, al través de angustias infinitas, educan á sus hijos hasta veinte años,—es para enviarlos al matadero. El coronel está libre; es un hombre razonable, yo soy un loco!

Leamos el diario; no soy sino un espectador que, desde su palco enrejado, mira la comedia y á los actores de su tiempo. Usemos del único derecho que me resta,—silvemos.

“Acaba de aparecer una nueva obra de Mr. Reynard, nuestro gran orador, nuestro célebre publicista. Este libro, que no puede dejar de abrirle al autor las puertas de la academia de ciencias morales y políticas, se intitula La Unidad. Mr. Reynard demuestra de una manera invencible que todos los sufrimientos y todas las revoluciones de la Francia son debidas á una causa única: la debilidad de la centralizacion. Hoy dia que los caminos de hierro y los telégrafos han suprimido la distancia, la Francia, el pais modelo, puede hallar al fin una constitucion que le permita realizar sus grandes destinos. El autor reune el poder espiritual y el poder temporal en las mismas manos,—admirable secreto para acabar con todas esas disenciones que destrozan al mundo hace quince siglos; suprime los consejos municipales, los consejos jenerales, las cámaras, la prensa, y todos esos medios de oposicion, escusables quizá en una época crítica, en una edad de lucha y de transicion, pero que ya no tienen razon de ser en un siglo orgánico como el nuestro, y con la primer raza centralista del globo. Un solo hombre, un Papa civilizador, colocado en el hogar del Estado, teniendo en su gabinete el nudo de la red telegráfica, gobernará toda la Francia por su infalible é irresistible voluntad. Organo de la soberania popular, será la democracia personificada,—la nacion hecha hombre. Desde ese momento nada podrá trabar ya el progreso; todas las divisiones habrán cesado; todas las cabezas de la anarquia habrán caido de un solo golpe.

“Desde que se entra en el detalle, es imposible no ser seducido por la simplicidad del sistema. Es el sello de las grandes invenciones. En adelante ya no habrá en Francia sino una alma y un pensamiento. El pais entero será una gran é injeniosa mecánica, conducida y regulada por un solo motor. Quién podrá turbar esa gran armonía formada por una sola nota? Un mismo despacho repetido en los cuarenta mil comunes, transformará á cuarenta millones de ciudadanos de la noche á la mañana.—Trabajad, dirá el telégrafo, y en el acto habrá trabajo para todo el mundo.—Sed instruidos, y la ignorancia cesará.—Sed virtuosos, y la Bolsa se cerrará.—Sed dichosos, y nuestra dicha se hará.

“Es increible que la humanidad haya vivido tanto tiempo sin realizar este maravilloso descubrimiento, que inmortalizará el nombre de Mr. Reynard. Pero qué! el vapor es de ayer; y el telégrafo de hoy dia! Por lo demas, nuestros reyes han tenido el sentimiento de esa verdad que un hombre de jénio pone en evidencia ahora. Sin inquietarse jamás del derecho de la justicia, nuestros soberanos han derribado las resistencias que les embarazaban; es por esto que la historia admira á los Francisco I, á los Richelieu, á los Luis XIV, y á los Napoleon. San Simon ha entrevisto esa bella reforma; pero la gloria de ser su profeta, pertenece sin disputa al ilustre y profundo Reynard. No hay un solo Francés que no le envidie su descubrimiento y su éxito.”

—Ay Dios! pensaba, Mr. Reynard se pasea y va donde quiere; se le admira y se le envidia, es algo mas que un filósofo, es un grande hombre, y yo........ yo soy un loco!

—Qué veo? El nombre de mi verdugo. Qué ha podido hacer este intrigante? leamos:

“La Academia de Medicina ha recibido ayer una comunicacion del mas alto interés. Una de nuestras reputaciones médicas, el célebre doctor alienista Olybrius, ha leido una memoria sobre el espíritu, el jénio y la locura. Ha demostrado que, por efecto del nudo simpático, que une en nosotros las funciones del cérebro con las del estómago,—es este último órgano el que, en último resorte, produce y domina todas esas fuerzas nerviosas que la vulgaridad llama facultades. El espíritu es una neuroma, el jénio una gastritis crónica y la locura una gastritis aguda. En apoyo de su sistema el doctor ha citado un ejemplo de los mas curiosos,—teniendo actualmente en sus manos un preciosísimo sujeto para sus esperimentos. Es un cierto doctor F...., que, en su locura, se imajina que ha sido transportado á los Estados-Unidos, habiendo permanecido allí toda una semana. Hay en el delirio de este pobre hombre una mezcla de alucinaciones, de recuerdos y de ideas orijinales, que el doctor Olybrius sigue y observa con el mayor cuidado. La enfermedad es aguda en el mas alto grado; el sabio Olybrius no desespera de reducirla al estado crónico, trasformándola á fuerza de sangrias y de dieta, y mediante una alimentacion habilmente sistemada. Si lo consigue, el problema está resuelto. De un loco curado á medias se hará un hombre de jénio. En el acto que termine la esperiencia, el sabio alienista presentará el sujeto á la Academia. Es escusado llamar la atencion sobre las consecuencias de esta prodijiosa invencion. La Francia carece de grandes hombres, cuando nada le sería mas fácil que fabricarlos y suministrarlos al mundo entero. En Charenton solo, hay tres mil enfermos que con un buen réjimen, y en menos de seis meses, podrian ser transformados en poetas, músicos y artistas de toda especie. Hay allí cientos de Mozarts y Rafaeles ignorados.

“Esta lectura salpicada de rasgos picantes y de palabras injuriosas, ha sido escuchada en profundo silencio, frecuentemente interrumpido por lisonjeros murmullos. No se tiene mas talento que el doctor Olybrius; oyéndolo hubimos de temer por su salud, pero nos tranquilizamos viendo la solidez de sus músculos y el vigor de sus pulmones.”