CAPITULO XXXIV.
Un loco.
Saint-Mandé, casa del Doctor Olybrius.
20 de Abril de 1862.
—Hay tres clases de personas que la ley desdeña, abandonándolas á la administracion: las jóvenes, los locos y los periodistas. Pero, cualquiera que sea su maldad (hablo de los periodistas), ó su falta, conceptúo que esos miserables no son indignos ni de justicia ni de piedad. Si son culpables, por qué no se les juzga? Si son desgraciados, por qué se les trata como á culpables? Es una cuestion que recomiendo á los filántropos en disponibilidad. Hermoso es sin duda rescatar chinitos; salvar del fuego á las viudas de Malabar que siguen á sus esposos hasta la muerte (el ejemplo podria llegar á ser contajioso), pero se me ocurre que quizá no seria malo defender á la humanidad en Francia, y darle las garantias del derecho comun, á pobres criaturas, víctimas de la educacion, del nacimiento ó de la sociedad. Y vaya otro sueño que debo guardar para mi, sino quiero esponerme de nuevo á las duchas ó á la sangre.
—Mi suerte está fijada; he jugado contra la preocupacion una partida peligrosa,—he perdido. Un tonto que se intitula médico, me ha declarado loco; mis buenos amigos han confirmado con placer la sentencia de la ignorancia. Héme encerrado y para siempre. Podré apagar en mi cérebro esta llama que lo ilumina? Podré renegar la verdad? Nó! he conocido la libertad, he probado con el borde de los lábios esa miel que embriaga, he entrevisto el eterno ideal, soy un loco! no quiero sanar.
—Los Franceses tienen todavia mas talento del que se atribuyen. Aprisionar á las jentes que piensan, que razonan y hablan, es un golpe de mayoria cuyo éxito es infalible. Donde está la fuerza, allí está la opinion. Adelante, dichosos carneros! ramonead en silencio; decios balando que sois los reyes del mundo; no son vuestros pastores los que os rehusarán ese inocente placer. Divertíos, gozad de la vida, nada teneis que temer; los insensatos están bajo de llave, turbarian vuestra quietud; cuantos mas son los sabios tanto mas se rie.
—Mi mujer no viene á verme; es tan sensible! la piedad la mataria! Qué me importa de mis hijos. Pobre Enrique, podria darle mi enfermedad, y entonces linda fortuna haria! Y tú, Susana, te amo demasiado para hacerte llorar. Las lágrimas de una hija es la única prueba que puede conmover á un mártir.
—Mis vecinos no me han olvidado. Rose me escribe que mi aventura no le ha sorprendido. Reconoce en ella la mano de los Jesuitas; mi mujer iba con demasiada frecuencia á misa! Ha hallado el rastro de un vasto complót tramado por los reverendos padres; ellos son, dice, los que empujan el Norte sobre, el Sud, los que mueven la Europa y preparan la caida del Sultan. Todas las revoluciones son obra de ellos; ellos son la causa de todas las miserias; su diario le ha revelado ese misterio de horror é iniquidad. Rose es un hombre sensato, puesto que se pasea por la calle,—yo soy un loco puesto que estoy encerrado!